
Ají nomás
El furor por el picante en Argentina en 10 propuestas
El paladar argentino se abrió a los picores y hoy un universo de fuegos y fueguitos prende en nuestras mesas. Jalapeños, rocotos, ajíes panca, habaneros frescos o secos encienden salsas, encurtidos, snacks, mermeladas, aceites y hasta alfajores.
n jalapeño dorándose en la sartén, con cebolla y ajo le puede poner chispa a cualquier cosa que uno cocine. Carne de vaca o de cerdo, aves, pescados, arroces, legumbres o papas. Funciona bien incluso con las frutas. El ají que pica es una trompada a la monotonía. Un subidón de adrenalina. Un vértice de exageración.
Soy fan del picante. En los 90, antes del periodismo y de tantas otras cosas, había creado “Liebre de marzo”, una línea de mieles varietales y dulces con especias: frutillas y pimienta, ciruelas con enebro, naranjas con pimienta de Jamaica… La máxima rareza para esa época eran los chutneys que elaborábamos en nuestra mini fábrica de Munro, y que había seducido a un puñado de clientes: El Gato Negro, el Club del Vino, Confitería El Pireo, El Rincón Orgánico, Savoy, supermercados Norte, Nahuel, Al queso queso. De aquella lista, nuestro mayor orgullo era Carlos Alberto Dumas Lagos, “El Gato Dumas”, un pionero en introducir los picores en la cocina local, que había traído de Londres el gusto por los chutneys. Nos los compraba a granel y los usaba para realzar sus platos.
Los 90 avanzaban y el final de Liebre de Marzo era cantado: aunque la marca ganaba peso entre los conocedores, los productos europeos copaban la parada –imposible competirles en volumen y precio– y además la cocina súper especiada no estaba en el radar argentino. Tampoco formaba parte de nuestro día a día, como sucede con los pueblos que viven en climas tropicales y tórridos: una de las razones es que el ají, cualquier tipo de ají subido de picor, actúa como autorregulador de la temperatura.

¿Por qué pican los ajíes que pican? La responsable de la pungencia es la capsaicina, una sustancia que mide la escala Scoville y que todos los frutos de la planta del género Capsicum contienen.
En la línea de fuego
No siempre los argentinos fuimos reacios a los sabores intensos. En 1800 e incluso a fines del Siglo XIX todavía circulaban platos en los que abundaban especias, dice la semióloga Carina Perticone, responsable del I+D del restaurante porteño Anchoíta. En ese entonces el picante se usaba en forma de ají seco y era común la combinación de salado y dulce. Perticone aclara que en 1914 muchos de ellos figuraban en el recetario “La cocinera criolla”, pero pudo más el mandato de la gastronomía francesa que imponía eludir esos sabores asociados a la “rusticidad” y al no refinamiento, y más tarde la misma autora modificó algunas de las recetas. El tamiz también lo abonaron los inmigrantes con sus tradiciones en las que había calado el discurso de la culinaria francesa. Mucho después, en los 90’s, cuando los picores se validan en Estados Unidos, también se validan acá. El tex mex y el thai –un representante era el restaurante Lotus Neo Thai– fueron los que le abrieron la puerta a los chiles, explica.
A la versión históricamente difundida del ají molido, y al peperoncino y el pimentón picante, el presente arrimó pimientos de Padrón (unos pican y otros non), piparras, ají panca, rocoto, gracias a las coloridas cocinas étnicas que fueron desembarcando en las últimas tres décadas. Aprendimos a querer los fuegos de Perú, los coreanos, chinos, tailandeses y mexicanos de la mano de inmigrantes que pusieron sobre la mesa esas pungencias. Y así nos fuimos abriendo en puntas de pie al jalapeño y al chipotle, su versión seca. Con los años, de las puntas de pie pasamos a la caminata, sumando al placer de las empanadas norteñas con llajwa el del ceviche, los tacos, las arepas, el bulgogi, los curries, como el de pato –extraordinario– que sirve Mariano Ramón en Gran Dabbang. Los chiles cruzan toda mi cocina. Tienen distintos sabores e intensidades y me permiten jugar en todos mis platos, dice Mariano.
Lo que antes era exotismo se convierte en moneda cada vez más corriente.
De hecho, en Argentina el ají picante tiene sus productores. Está Fernando Ortiz, de Don Cirilo, Colonia Santa Rosa, al norte de Salta. Pablo Bonanno, el cocinero que armó 4 Estaciones, una comunidad de productores orgánicos y agroecológicos a los que conecta con restaurantes de primera línea. O Agustín Castro Volpe y Camila Esteban, la pareja responsable de Cultivando Sur que arrancó su emprendimiento agroecológico en Baradero y de manera artesanal, pero creció tanto que ya provee semillas a otras fincas de los Valles Calchaquíes para extender su negocio.
“Hubo un tiempo, en Urondo, que cuando algunas personas probaban un plato picante se levantaban de la mesa. Pero hoy hay generaciones nuevas
nada conservadoras. Lo raro es que aún usemos poco Merken, uno de los condimentos, de tradición mapuche, más ricos. Su base es el ají Cacho de cabra, seco y ahumado, mezclado con sal y semillas de cilantro tostadas,”
comenta Javier Urondo.
Dos décadas atrás, era impensable que hubiera festivales como el Picante Fest. Visitar el barrio coreano y sus fuegos se puso de moda. El 22 de noviembre se festeja el día del kimchi, ese fermento oloroso que el cocinero Javier Urondo empezó a elaborar e incorporar en su restaurante de Parque Chacabuco mucho antes de que se pusiera de moda. El gochugaru, base del gochujang que se utiliza para prepararlo, dejó de generar escozor (prueben el que hace la tía de los dueños del supermercado Hawai, en el barrio coreano) y no es casual la proliferación de salsas como las de La lengua del diablo (Luján de Cuyo), los rocotos confitados de La Sucrerie o Dr. Pica Hot Sauces del cocinero Tato Brina (Bs.As.). Más allá del pionero Sudestada, creado por Estanislao Carenzo y Leo Azulay, son cada vez más los locales gastronómicos que usan algunas de estas variantes, como Picarón, Baja América, Lardito, Condarco, Apu Nena.
También crecen los snacks industriales subidos de tono en las góndolas del supermercado. Hasta aquí llegó mi amor. Leer la etiqueta de los ultraprocesados duele más que la capsaicina del habanero en la boca. La colección de conservantes, saborizantes y siglas de estos comestibles que no son alimento aunque se puedan comer, trasciende la suma de todos los octógonos posibles. Cuando las ganas de un snack con un toque de rock and roll de vuelven irresistibles, mejor recurrir a las papas fritas Gauchitas: industria nacional al servicio de un producto que combina papas, aceite, sal y pimienta. Nada más.
Con qué acompañar las comidas picantes
Algunas comidas indias o del sudeste asiático, las del sur de Italia, las mexicanas y peruanas que incendian el paladar, necesitan frescura para apagar el fuego. Hay complicidades obvias, como el ceviche –moda universal– y la cerveza. Si la idea es acompañar con vino, lo mejor son los blancos, jóvenes y frutados, que no se pelean en la boca con el picante, como los Sauvignon Blanc, como el Saint Felicien, o el Rutini. Otro que puede jugar a favor: el Chardonnay de Pasaje Nóbrega. Nunca vinos opulentos con curries u otros fuegos que incluyen carne, se eliminan entre sí. En cambio van bien los rosados, como el A rosé is a rosé is a rosé, de Luigi Bosca, o algún naranjo, como el Kung Fu Orange by Matías Riccitelli.
Para los fuegos del Noa, nada como los Torrontés en cualquiera de sus estilos, por caso el de Colomé, o el Críos de Susana Balbo, excelentes amigos del locro y de las empanadas picantes.
Cuando al comer sushi el picor viene del wasabi –condimento japonés a base de rábano picante, una clase especial de horseradich–, su compañía natural es el sake, pero puede funcionar de maravillas un espumoso, por ejemplo el Alambrado Pinot Noir Rosé, de Santa Julia, o el Extra Brut Del Fin del Mundo. Vale incluso para todos los platos que lleven jengibre, picante y cítrico en sus preparaciones.
Refrescar es la tarea.
Como todos los productos, los chiles tiene sus terroirs y sus secretos. “Costó mucho adaptar a las tierras de San Rafael los ajíes picantes que hoy comercializamos, pero logramos un resultado del que estamos muy conformes”, dice Oscar Mazitelli, de Finca Isis.
Una llama controlada
Hace unos días probé los flamantes ajíes picantes macerados en vinagre –o la nueva aventura en la que se embarcaron Adriana Domínguez y Oscar Mazitelli– de Finca Isis, productora orgánica de tomates, mermeladas ajos fuera de serie.
Están los de origen peruano y otros de morfología parecida a los jalapeños, pero más grandes y poco incendiarios. Lo de Adriana y Oscar fue un camino de ensayo y error hasta poder adaptar las variedades orientales al territorio mendocino, concretamente al de San Rafael. De ese trabajo de hormiga resultaron chiles que no aturden el paladar, mucho menos lo anestesian y se pueden combinar con aves, carnes de cerdo, salteados de verduras, quesos. Dan esa llama que enciende los sabores y los potencia. A nosotros también.
Los chiles nacieron en América y conquistaron el mundo. Antonio Tabucchi los describe de manera literaria en Viajes y otros viajes, donde le asigna a cada uno un rasgo humano, dejando para el final al habanero, típico de Yucatán que, según dice, sobrepasó las fronteras de lo picante para alcanzar la alarma radioactiva. Con ese hay que andar con cuidado. En caso de incendio, apagar el fuego con jugo de tomate, jugo de naranja, o leche. Nunca con agua, cosas de la capsaicina, que es hidrofóbica.

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