Bodega

Tacuil

En Molinos, Salta, se esconde esta joyita de los Valles Calchaquíes. A sus vinos de altura, temperamentales, se le suman actividades que combinan turismo y gastronomía. La más reciente se llama “Tacuil & Friends” y reúne a chefs de distintos lugares del país que comparten fuegos y experiencias inmersos en un paisaje incomparable.

Texto y fotos de  | Abr 26, 2024 |  |     

i hubiera un medio más rápido que una camioneta para llegar a Tacuil, se ganaría en tiempo y se perderían algunos ingredientes claves del viaje. Nada sería lo mismo sin las curvas y contracurvas, sin la policromía mineral de las montañas, los despeñaderos y ese cóndor de alas lacias planeando en un cielo como de cristal.

Si no hiciéramos este recorrido nos privaríamos de los laureles y los nogales de la yunga. Nos quedarían pendientes el tramo entre abismos, nubes y verdores de la Cuesta del Obispo; los cardones del Parque Nacional, creciendo hacia arriba como manos al cielo; la recta de Tin tin, una porción del Camino del Inca; o la escenografía surreal de Los Colorados.

Son 214 kilómetros y casi seis horas –la medida real de la distancia– de belleza indómita  desde Salta a Tacuil, pasando por Molinos, un pueblo donde las horas se alargan y la calma chicha es ley.

¿Cuánto más hay que subir? Perdemos la cuenta mientras ganamos la cuesta y la vista se distrae en el trayecto hasta el final del viaje, allá arriba, a 2400 msnm, «donde el Diablo perdió el poncho». En ese punto descubrimos la bodega entre árboles y viñedos que en abril se pintan de otoño.

Tacuil tiene encanto. Un paisaje en sube y baja, una casona con vista a las viñas que resiste el paso de los siglos, un horno de barro del que salen empanadas o carnes a los que nadie se niega, mediodías de sol furioso, guitarreadas a cualquier hora, atardeceres de oro y las noches más estrelladas.

Si, como dice Ruth Reichl, el sexto sabor es el de las historias, a los vinos de este lugar les sobra. Llega al paladar en capas, igual que las secuencias geológicas del terruño reflejadas en la montaña. Igual que el sinfín de la novela familiar que empieza con Nicolás Severo de Isasmedi y Echalar, el último gobernador colonial en Salta que monta una bodeguita –una producción de consumo familiar– en lo que después se convirtiera en el Hotel de Molinos. Con la Revolución de Mayo, sucede su arresto en Salta, pero negocia con los independentistas su liberación con una única consigna: apartarse de la política. Entonces funda Colomé en 1831, la bodega más antigua del país.

Todo queda en familia: Raúl Dávalos Rubio se ocupa del manejo agronómico; Álvaro Dávalos Rubio, de la enología; Diego Dávalos García Reynoso, de las tareas administrativas y financieras; y Francisco Morelli Rubio está al frente de las gestiones comerciales a nivel local e internacional.

En 1837, cuando muere Nicolás, la propiedad de Isasmendi, su hija, Ascención, casada con José Benjamín Dávalos, hereda las tierras y le da empuje al emprendimiento vitivinícola. Había traído de  Europa cepas francesas de Malbec pre-filoxera, Cabernet Sauvignon y Tannat que más tarde devinieron en viñedos, cuenta el ingeniero agrónomo Raúl –Yeyé– Dávalos Rubio, hijo del mítico patriarca Raúl, quinta generación de bodegueros que se puso al frente de la bodega
en 1982.

La nuestra es una familia con fama de tomadores y de locos, se ríe Yeyé aludiendo a su tradición de poetas, músicos, pintores. Gente de locura creativa, la misma que llevaba a su tío Jaime a componer temas folklóricos, algunos de los que imaginó junto a Eduardo Falú e integran lo mejor de nuestro cancionero. 

La familia manejó Colomé hasta 2001, cuando los suizos Donald y Úrsula Hess, enamorados del vino temperamental que se producía en este lugar, quisieron comprarla. Los Dávalos Rubio aceptaron la propuesta y más tarde construyeron una nueva bodega. Hoy la joya de su corona es Tacuil. Un enclave con cinco valles de distintas alturas que van de 2400 a 2700 msnm, con fincas que siguen métodos de riego ancestrales. Son 90.000 hectáreas de terroir extremo, 16 de las cuales se destinan a viñedos de bajo rendimiento y alta calidad donde nacen tintos y blancos fuera de serie, que fueron ganando fina estampa sin perder su fibra montaraz.

Con las líneas RD, 33 de Dávalos y Viñas de Dávalos reconocidas en el mundo, Pancho Morelli creó en 2003 un vino que homenajea a su tatarabuela. Un tinto elegante, de taninos redondos y largo final, que se llama Doña Ascención y es el único de toda la línea que pasa por madera.

Probamos distintas añadas de la línea RD. Un Torrontés expresivo, y un Sauvignon blanc de aromas que recuerdan a arvejas y espárragos. Inútil buscarle un parecido salvo a sí mismo. El siguiente descorche: un Cabernet Malbec “combinación de intensidad y frescura, la síntesis de la finca”, según Francisco –Pancho– Morelli, sobrino de Raúl Dávalos (padre). Además de ocuparse de la comercialización de los vinos, Pancho le da impulso a la iniciativa “Tacuil & Friends” que congrega a un puñado de chefs del país con la idea de compartir fuegos, descorches y experiencias. Arrancó como un encuentro de amigos y viró hacia una propuesta abierta al público con chances de crecer rápido y bien. El último convite reunió a tres cracks de la cocina argentina: Lisandro Ciarlotti (Lo de Tata, Mar del Plata), a Marcelo El (Buri Omakase, Buenos Aires) y a Daniel Hansen (Flor del Pago, Jujuy).

Esta vez se trató de un encuentro en el que el Atlántico se cruzó con la precordillera de la mano de varios productos de mar: deliciosas anchoas y boquerones, pez limón, lisa, chernia y langostinos, transformados en tiraditos, sashimis, carpaccios. El toque norteño lo aportó Hansen con sus tamales y su broche dulce: pasta real combinada con ambrosía, un postre colonial de alto tenor goloso y delicadeza extrema. Durante la cena para unos 18 invitados, disfrutamos distintas añadas de RD, 33 de Dávalos, Viñas de Dávalos y Doña Ascensión (la única línea de la bodega que no pasa por madera).

Hubo yapas, como un Torrontés de 2014 al que el tiempo le regaló complejidad sin plancharle la frescura, gracias a la amplitud térmica de este sitio. Pero además de acidez, los vinos de Tacuil guardan la intensidad del sol, su naturaleza le escapa a la fugacidad. Nada como beberlos despacio, en el silencio de las alturas, bajo este cielo nocturno donde no caben más estrellas.

Para más datos

Bodega Tacuil ofrece varias degustaciones. La básica incluye picadas, también se puede almorzar en la galería con vistas a la viña y los cerros (opción disponible solo para grupos de 6 personas y con reserva previa). Los precios son accesibles.
Distintas empresas privadas en la ciudad de Salta y Cafayate cuentan con servicios de traslados.
En el Instagram @bodegatacuil encontrarán información sobre futuros eventos Tacuil & Friends.

Por consultas o reservas contactar vía whatsapp al +54 9 3872 10 6076. De lunes a sábados de 10.30 a 17.

tacuil.com.ar
IG: @bodegatacuil