El día que Papá Noel
mande fruta

El calor de verano agobia, pero la mesa de Navidad nos espera con contundencias y resaca. Cómo sobrevivir a los desbordes de diciembre.

Publicado por  | Dic 21, 2023 |  |     

n falso gordo Papá Noel sale de la casa para volver a entrar por la ventana o la puerta de atrás y, de paso, encontrarse con otros falsos gordos a punto de deshidratación bajo el mismo traje rojo y la misma barba. Santa paciencia, Santa Claus. Afuera está ese silencio previo a los fuegos artificiales, están los sudorosos “hombres de la bolsa” y esa calma tensa que precede a la tormenta y el tormento de las cañitas voladoras; a los llantos de algunos y las carcajadas de otros explotando en el aire en medio de un descorche serial.

Adentro, hace rato que la gran familia reunida alrededor de una mesa digna de Greenaway atacó con ánimo de marabunta el pionono, la bandeja de vitel toné que la tía Esther hizo igual que el año pasado, y que el año anterior, y que antes de que le saliera la primera arruga; la fruta seca y el chancho que descansa su cabeza sobre la fuente, y al que se le insinúa una sonrisita de dientes ínfimos. Nosotros nos comemos el chancho y el chancho termina comiéndonos a nosotros. El que ríe último ríe mejor.

Tal vez el cerdito realmente se burle de la bacanal a la que nos entregamos mientras los 34 grados nos derriten, de cómo nos hinchamos de burbujas y de gorduras alrededor de la mesa opulenta –cada vez menos nutrida para cada vez más gente– de diciembre.

La Navidad tiene esas cosas y esas causas: en un sitio como Buenos Aires, que hizo méritos para convertirse en la ciudad latinoamericana más europea fuera de Europa, estas fiestas siguen demostrando nuestra matriz cultural y nuestra afición al surrealismo. Hace calor de infierno, pero pretendemos estar en el paraíso. Nos tragamos una dieta que obedece a nuestras tradiciones, que vienen de otra geografía con nieve y pinitos, con temperaturas que no piden aire acondicionado ni mesura a la hora de comer. 

Es cierto que está la ensalada de fruta –aunque con demasiada manzana y poca fruta de estación– pero también las deliciosas rodajas de pan dulce y turrón en el plato (¡no osen quitarme el turrón!) cuando el clima demanda postres livianos, mousses sutiles, sorbetes frutales. 

A pesar de que la modernidad barrió con no pocos hábitos de alimentación, continuamos respetando a rajatabla fórmulas que adaptamos y que ya nos son propias. Comida que van como piña en el paladar y funcionan como traba para la digestión en la torridez del verano. 

La pregunta es por qué además de animarnos a seguir el ritual de la comilona vintage –ninguna queja a la tía Esther, la lengua a la vinagreta, el matambre, el chancho en cualquiera de sus formatos y el vitel toné me encantan y forman parte de nuestra cultura gastronómica– no valdría aportar algo de frescura al menú gordo y bestial. Por qué no sumar ensaladas, pescado (ahora que la carne se volvió un producto suntuario), liviandades amigas del clima ardiente de estas fechas. 

Entonces, a lo mejor, en lugar de regalarnos pesadez estomacal –ya sé que la crisis, el ajuste salvaje y la mesa flaca que augura merecen otro capítulo–, tal vez nuestro Papá Noel se apiade y junto con los paquetitos, en vez de calor comestible nos mande algo de fruta.