Hongos de pino y shitake dan carácter a salsas, guisos, sopas y pasteles. Los funghi porcini son el alma de muchos risotti . Las morillas, quedan perfectas con pollo y con carnes rojas o de caza. Las gírgolas se disfrutan con huevos revueltos, con otras setas o solas, sarteneadas con manteca, ajo, hierbas, pimienta negra y un chorrito de limón o de vinagre. Los champignones, en cambio, subliman ensaladas, cazuelas y pizzas y se consiguen en cualquier verdulería. Su versión gigante es el portobello: nada mejor que hacerlo relleno con ajo, manteca, perejil y queso; un manjar. La lista sigue. Hay hongos oreja, cabeza de mono, rojos, de té. Tantos; todos ricos. El más sofisticado y caro: la trufa, ingrediente tradicional de la cocina francesa o del norte de Italia, y de la alta cocina mundial, por supuesto.