La otra Navidad

El calendario marca festejo y nos sumamos comiendo y bebiendo. En diciembre la vida toma otro pulso y nos dejamos llevar por la corriente de adrenalina general. ¿Qué festejamos los que festejamos?

Publicado por  | Dic 24, 2024 |  |     

  1. Con una diferencia de pocas horas y muchos brindis, el mundo occidental pone en jaque su andar cotidiano. El aire huele a adrenalina y a pan dulce. Los chicos sueñan con sus regalos, los padres preparan su billetera, los comerciantes hacen cuentas y todos nos bebemos los deseos de un trago, flotando entre ese paréntesis que fabrica “el año que viene.” Zona de promesas. Hoy toca recrear la fantasía de convertir en pasado lo que no fue –o lo que fue pero no resultó– y también de perpetuar los flashes de euforia. Quién no se deja  seducir por esta vuelta de página. La Navidad anticipa el comienzo de un ciclo. O de una ilusión.
  2. Justo esta noche las tradiciones le ordenan a la fe que se renueve, la fe le hace caso y se convierte en proyectos y sueños de un planeta mejor. Se descorchan burbujas y se piensa en clave de esperanza, paz, amor, trabajo, salud. Augurios a lo grande que quieren zanjar los males kármicos del mundo, una tregua que nos llama a repetir una y otra vez el rito, siempre distinto, siempre igual. Como por arte de magia los rencores familiares se esconden detrás de las guirnaldas y los arbolitos. Entonces esa tía metereta juega a la prudencia, aquella suegra de manual suelta una sonrisa conciliadora, los Caín y Abel del caso se abrazan con música de jingle bells, mientras la mesa desborda de vitel toné, matambre, lechón, pionono, y se endulza con turrón y panettone servidos en platos de fiesta. Nos llevamos a la boca un pedazo de Italia, uno de España y mucho de nuestra alma “argenta.” Así comemos acá en esta fecha. O mejor dicho, así comemos los que comemos acá, comer es un verbo que no todos pueden conjugar en este país rico convertido en botín. Llega el momento de chocar las copas, pero previo al brindis, al abrazo a las personas más queridas, al disfrute de rasgar el papel de los regalos, con lo que chocamos en la tierra del trigo prometido y las vacas es con una realidad inconveniente para el ánimo de diciembre. 
  3. Un recreo. Después de días de gastar neuronas y horas tratando de lograr un modo original de hablar comidas navideñas, de listar todo el folklore gastronómico en artículos que duran en escena lo que una flor, compartimos con colegas cercanos la necesidad de encontrar –o de crear– un rincón a salvo del entorno y de lo que el oficio pide. Hacerle un gigantesco pito catalán al mandato de satisfacción instantánea y a la condena actual de las pausas a costa de perder el sentido. Como si se pudiera pensar las oraciones sin puntos o la música sin los silencios. Muchos de los que escribimos nos entusiasmamos pensando en nuestro mejor regalo para el 2025: poder robarle tiempo a este tiempo para escribir sin apuro. La escritura como artesanía, “hacerlo de nuevo y mejor.” Recuperar las palabras como placer y alimento. La metáfora como sopapo a la literalidad y su mar de datos, de cálculos y automatismos. Ayer lo escuchaba a Andoni Luis Adúriz reivindicar a los grises ante el avance del oscuro pleno: cuánto urgen los matices en un mundo pintado en blanco y negro. 
  4. También es urgente brindar. Brindemos con copas y con palabras. Sin la obligación de que nos hagan felices –como dice el psicoanalista Jorge Alemán, los imperativos de felicidad de esta época producen depresión– sino para hacernos de una cuota de optimismo. Aunque estas fiestas tengan gusto a naufragio, y todo indique que somos los mismos y probablemente lo sigamos siendo, sabe a plan dulce festejar escribiendo. Pensar en el próximo paso o en el medio vaso lleno del año que viene. Y en mi caso, hasta permitirme el deseo de que, en mi amada Argentina, las estrellas brillen más allá de la Navidad.