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Lisboa

A LA CARTA

Hay mucho más que bacalao a bras en la ciudad del fado y las siete colinas. Tascas de ambiente joven, tabernas donde la tradición sigue viva y restaurantes de alto calibre, como los del chef José Avillez, le dan vida a una escena gastronómica que la sombra de la cocina española ya no logra opacar.

Texto y fotos de María De Michelis
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5 febrero, 2025
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CapitularSPG Subir y bajar. Los dos verbos que más conjugo en las calles de Lisboa. La ciudad que trepa las colinas es antes que nada un arriba y abajo desordenado. Una ondulación que lleva de un barrio a otro y seduce dulcemente como la flor a la mariposa.  El paseo me revela una arquitectura conmovedora. Construcciones de estilos manuelino, pombalino, románico. Casas y sus fachadas con ropa tendida en las ventanas, azulejos, balcones donde crecen malvones rojo sangre. 

El trazado zigzaguea tanto que el GPS se pierde y me convence de tomar tranvías o elevadores, una alternativa a las escadinhas que salva de los despistes en el itinerario caótico. Hoy llegué a Lisboa y a una conclusión: se necesitan zapatos cómodos y ánimo deportivo para no perder el aliento recorriendo esta capital de escala humana y belleza melancólica.

La suerte o el desvío me hacen aterrizar en el mirador de San Pedro de Alcántara, en Barrio Alto. Desde esta altura se puede adivinar un retazo del mapa urbano, una sucesión de techos rojos, manchones de verde, la catedral y arriba, colgado en la punta de una loma, el Castillo San Jorge. A ese alcázar de piedra lo construyeron los visigodos en el siglo V, los árabes lo ampliaron en el SIX, los reyes de Portugal lo ocuparon durante la Edad Media y todos lo visitan hoy para admirar sus murallas y recorrer sus jardines.

La hora azul le pinta al mirador un paisaje que tienta a distraer la vista o el alma. De noche, se encienden las luces y las sombras. Y todo el día hay sonido de guitarras o de saxos que sueltan notas al aire, mientras algunos chicos se concentran en sus juegos, los padres se relajan y los enamorados se enamoran más mirando el panorama.

Suban por las callecitas empedradas del Barrio Alto, busquen la tasca más animada (y con más fila afuera) y habrán encontrado O Velho Eurico, donde unos estudiantes universitarios homenajean a la tradición portuguesa desde una mirada propia y actual.

A qué sabe esta ciudad

Los días se acortan en Lisboa. Se miden en pasos, en cuestas, en platos. Se gastan atravesando los distritos que el reglamento del turista modelo manda visitar. Barrio Alto y su bohemia elegante. Alfama, donde pierdo la cabeza –y unos cuantos euros– en las tiendas de artesanía.. Baixa, la zona baja que se cruza con distintos puntos de la ciudad. Chiado, foco de diversidad cultural. El área del puerto junto al río Tajo, una referencia permanente. Y, alejado del centro, Belén, el lugar desde donde partían los navegantes que transformaron a Portugal en una potencia durante la Era de los Descubrimientos.

1 y 2 | Una ciudad donde la magia se quedó a vivir.  3 | Tranvias y vehículos para subir las cuestas.  4 y 5 | Kasa Tocha, desde 1837 produce los exclusivos pastéis de Belém.  6 | Monasterio de los Jerónimos.  7 y 8 O Velho Eurico.  9 | Movida en Tasca Baldracca.

Belén no sería lo mismo sin su historia, tampoco sin el Monasterio de los Jerónimos, una joya del arte manuelino declarada Patrimonio de la Humanidad. La leyenda dice que allí nació la receta de los pasteles que desde 1837 vende la confitería Kasa Tocha, según fórmula que heredaron de los monjes y que guardan bajo siete llaves. Sólo los que se elaboran en esa tienda que vende 15.000 unidades por día pueden llamarse pastéis de Belém. Y a nadie le sorprende que en otro local ubicado apenas unos metros más allá, esas mismas tareteletas de masa de hojaldre rellenas con yemas, azúcar, leche y canela, se conozcan como “pasteles de nata.”

Cada arrabal tiene sus infalibles. En Chiado se extiende la Rua das Flores con su seguidilla de bares y restaurantes, como la taberna Das Flores, una casa de comidas que le da pelea al paso de los años. Guisos, albóndigas y huevas de merluza hervidas desfilan en un espacio donde el patrón todavía saluda a los clientes por su nombre.

Después del almuerzo, corro al café Landeau para probar la mejor torta de chocolate del mundo. Una mousse –o mejor dicho, una nube– de chocolate montada sobre un bizcocho tierno. Nada parecido en ningún lugar.

Cuando el hambre es de bacalao, la cita es O Velho Eurico. No importa el día ni la hora: siempre está lleno, todos quieren devorar su famoso bacalhau à Brás, servido sobre una base de cebolla y huevo y coronado con papas paille y aceitunas. Sí o sí hay que reservar o armarse de paciencia: la espera de una o dos horas es ley, y el servicio no gana premios por eficiencia, pero la comida compensa cualquier malhumor. Especialmente el bacalao: un plato/paradoja. Aunque es símbolo nacional,  curiosamente los portugueses no lo cazan desde los años 70.

Hoy este pescado llega de Noruega, Islandia o Rusia, pero hay que recordar que Portugal fue históricamente un maestro de la salazón y el protagonismo que adquirió el bacalao tenía su lógica: podía conservarse sin perder su dignidad, su precio era accesible y así, lo que nació como una solución práctica devino un emblema cultural. En O Velho Eurico, esta herencia se celebra a lo grande, y aunque venga con fila, vale cada segundo.

Si al salir de O Velho Eurico doblan a la derecha, se toparán con Tasca Baldracca y su ambiente de bullicio ensordecedor, sus croquetas y su fenomenal pulpo a las brasas con papas, oliva y pimentón. Las nuevas tascas lisboetas recrean la cocina de toda la vida, todas las casas, pero sin un gramo de nostalgia.

Casa Nossa Exterior 2 Credit Grupo Jose Avillez

Casa Nossa, una finca única en el Alentejo, junto a las orillas del Alqueva, con impresionantes vistas, total privacidad y el confort y los servicios de un hotel de 5 estrellas.

José Avillez tiene 14 restaurantes y cuatro estrellas Michelin: dos en Belcanto, una en el vegetariano Encanto –ambos lisboetas– y otra en Tasca, Dubái. Además de Bairro do Avilez –Taberna, Páteo, Mini Bar–; abrió Maré; tres espacios en el Corte Inglés de Portugal  y Cantinho do Avillez. Sin contar Mesa, en el hotel de Macao The Karl Lagerfel, donde firma la propuesta gastronómica.

El pope de la gastronomía
en Portugal

Antes que nada, José Avillez sonríe. Gobierna un imperio gastronómico y parece haber descifrado el enigma de la felicidad entre fogones. Tiene 14 restaurantes repartidos en Portugal, Macao y Dubái; cuatro estrellas Michelin, una línea de vinos propia, una agenda al rojo vivo y una calma que desconcierta. Dice que su secreto es mantener los pies en la tierra y el corazón en su familia.

Hoy, este chef que cosechó éxito en programas de televisión y de radio es el mayor embajador de la gastronomía de su país. Suena idílico: no siempre fue así. Cuenta que en sus comienzos le llovían cartas amenazantes que lo acusaban de “pervertir” la culinaria portuguesa con su ánimo innovador.

Las cartas no detuvieron su marcha ni sus obsesiones, como la de buscar el bienestar del equipo –dice que eso lo aprendió dejando atrás las rudezas de la vieja escuela– o la de no perder el lazo con sus raíces. Creció en una finca en Cascais, rodeado de gallinas, conejos y con un padre cazador y esa conexión con los ingredientes lo persigue.

1 | José Avillez.  2 a 6 | Maré y su propuesta marina.  7 | Su vino Niepoort Ouro DOC.  8 a 10 | Casa Nossa, a orillas del lago Alqueva, con su pareja Sofía Melo de Castro.  11 a 13 | Bairro do Avillez.  14 a 16 | El vegetariano de alto vuelo Encanto, 1 estrella Michelin.

En Maré (Cascais), se palpa su amor por el Atlántico, mientras que en Casa Nossa, en Alentejo creó, junto con Sofía Melo de Castro, su pareja, un remanso a orillas del lago Alqueva donde calma la adrenalina a fuerza de paisaje. Avillez juega el juego que más le gusta. De paso, nos recuerda que hasta los imperios pueden construirse con una sonrisa (y una cuota importante de talento, claro).

Belcanto, la estrella de la galaxia Avillez

No sé si se puede traducir exactamente saudade, una palabra que uno intenta explicar en otro idioma por aproximación. Nosotros acá la llamaríamos “nostalgia”, como el tango. Cosa del pasado, pero también del deseo incumplido, o el momento que pretendemos eternizar en vano y que nos mete en el cuerpo una melancolía prematura.

Todo el glamour en Belcanto, su restaurante de fine dining con dos estrellas Michelin. 1 | Recepción con abrebocas.  2 | El elegante salón.  3 | Remolache en distintas texturas, lecha de piña y semillas de mostaza. 4 | Pregado a las brasas, arroz, limón y caviar.  5 | Paleta de colores y sabores.  6 | Yema confitada, hongos y trufa.  7 | Lechón con mole de Sarrabulho.  8 | Los buenos vinos portugueses.

Tal vez el menú que José Avillez pensó para su restaurante Belcanto –2 estrellas Michelin, #31 The World´s 50 Best Restaurants– se pueda contar como ese vaivén entre las dos puntas de la saudade, el tiempo pretérito y el futuro. Si tomamos nota de las fuentes de inspiración de este cocinero, todo cierra. Por un lado, María Lourdes Modesto, autora del libro “Cozinha Tradizional Portuguesa”; por otro, Ferran Adrià: Avillez fue uno de los que cosechó experiencia en elBulli. Ambas influencias se notan.

En Belcanto cada plato tiene una historia que se escribe con la letra de la tradición y se lee con la de la modernidad. Hay una recreación deliciosa del cocido a la portuguesa; sabores terrenales en el paso de hongos y yema confitada; frescura en el de vegetales de mar, granita y ostras; un toque lúdico en el cochinillo con mole, guiño a los viajes del chef.

Al producto de excepción –mariscos, pescados, vegetales, hierbas, cerdo– se suma un manejo de las técnicas sin piruetas. Los postres, nada empalagosos, como el sorbete de leche de cabra con higos, siguen la misma línea . Más que de creatividad radical, su cocina está dotada de delicadeza y coherencia. •

En Belcanto cada plato tiene su partenaire: la carta de vinos compendia 470 etiquetas fuera de serie, sobre todo de Portugal, que se guardan en la cava ubicada en el piso superior de esta casona vestida en tonos tierra, los colores de la elegancia.

Para más datos

  • Belcanto. Dos estrellas Michelin. Se puede pedir a la carta u optar por el menú degustación de 4 appetizers, 7 platos y petit fours por 250€ (sin bebidas). Rua Serpa Pinto 10, Chiado. www.belcanto.pt IG: @belcanto_joseavillez 
  • Encanto. 1 estrella Michelin. Largo de Sao Carlos 10, Chiado. Restaurante vegetariano de alto vuelo, con excelente maridaje. IG: @encanto_joseavillez
  • Bairro do Avillez. Rua Nova da Trindade 18, Chiado. Reúne la taberna, Patio, Pizzería y Mini Bar. IG: @bairrodoavillez
  • Maré, Av. Nossa Senhora do Cabo 9000, Cascais. Para darse una panzada de mariscos, con vista al Atlántico y una carta con acento en los productos de mar. Corvina marinada con cebolla morada y palta; arroz de carabineros, cangrejo y almeja; carabinero marinado con salsa Maré; lubina estofada, con oliva, ciboulette y limón integran la lista de platos. IG: @mare.joseavillez
  • Casa Nossa. Una casa de campo con las comodidades de un hotel 5 estrellas en la que se ofrece cocina portuguesa con toques de autor. Alentejo. IG: @casanossa_joseavillez
  • Pastéis de Belém. Rua de Belém 84 a 92, 1300. IG: @pasteisdebelemkasatocha
  • Taberna Das Flores. Rua das Flores 76-78. IG: @tabernadasflores
  • O Velho Eurico. Largo São Cristóvão nº3. IG: @ovelhoeurico
  • Landeau Chocolate. Rua das Flores 70. IG: @landeau_chocolate
  • Tasca Baldracca. Rua das Farinhas 1. IG: @tascabaldracca
  • A Vida Portuguesa. Desde jabones hasta cacharros de cocina, cada objeto de esta tienda cuenta una historia, perfecta para llevarse un pedacito de Lisboa. Anchieta 11. IG: @avidaportuguesa
  • La Confeitaria Nacional. Pasteles de nata, bollería artesanal y el emblemático bolo-rei,. Confeitaria Nacional Praça da Figueira. IG: @confeitarianacional
  • Mercado da Ribeira. Av. 24 de Julho, 1200-479 – Lisboa