Lo que las ollas cuentan

Nueva edición de “Latinoamérica Cocina”

En ese espacio verde que rodea a la bodega Piedra Infinita, en Valle de Uco, Mendoza, el sábado 26 de octubre Julia Zuccardi reunió a veinte cocineras y cocineros latinoamericanos para celebrar las recetas e historias que se cuecen en las ollas. Una muestra de la riqueza y dimensión cultural enormes de nuestras cocinas.

Publicado por  | Nov 1, 2024 |  |     

CapitularSPG Pienso mucho en comida, escribo mucho sobre comida, busco su sentido. O sus sentidos, porque la comida atraviesa todo y está cruzada por todo. Pero resulta que estos son tiempos incomprensibles y el sentido y su plural cada tanto se me escurren como agua entre los dedos. Hoy es distinto. Hoy el sol es un premio. La nieve reverbera en las montañas, el azul del cielo mendocino es más azul y por donde mires hay ollas latinoamericanas, algunas dispersas sobre una mesa larga; otras, sobre el fuego. 

Miro a las 17 mujeres y los tres hombres de distintas nacionalidades y vidrieras, cocineras y cocineros –populares, o reconocidos, o famosos– moviendo esas marmitas gordas donde se amalgaman productos de la tierra: maíz y papa, carne y arroz, hierbas y especias, historias mínimas, caldos de cultura. Entonces se me mezcla el aire de alegría grupal y la nostalgia con la que últimamente me peleo. No me gusta la nostalgia porque tiene algo de conservador. Prefiero mirar la escena de este espacio verde y los viñedos que rodean la bodega Piedra Infinita , en la que se producen algunos de los mejores vinos de mi país, desde la vereda de enfrente del continuismo. En tren, no de romantizar un evento (odio la palabra evento), porque más que del hecho en sí, quiero escribir acerca del hacer entrelazado, el modo grupal que trasciende el punto triste, solitario y final del ombligo. La evocación de las raíces y la cuota de modernidad para recrearlas. El ánimo artesanal que nace del amor por el detalle sin arabescos. La emoción, porque sin emoción no hay memoria, estoy convencida de que la comida que vale es la que se recuerda. De eso, de la memoria, saben bien las mujeres. Son las que transmiten de generación en generación las costumbres, las recetas y los rituales de la cocina popular. Sucede en cualquier cultura. 

1 y 2 | Ollas de barro negro por la alfarera Mariana López, de Mina Clavero, Córdoba.  3 y 4 | Narda Lepes y su caldo.  5 | Leo Espinosa, colombiana.  6 | Desde Oaxaca, Thalia Barrios García haciendo tacos en su comal.

El día está radiante y recorro con la vista el panorama hasta llegar al rincón con fondo de montañas donde una alfarera moldea una pieza de barro negro. Se llama Mariana López y es hija de Atilio López, artesano cordobés que heredó la tradición de la arcilla de las mujeres de su familia: no por nada en Mina Clavero, su pueblo, las llamaban “las olleras”. Me acerco para ver cómo construye las paredes de esa matriz con la misma facilidad con la que yo le digo “hola”. Le pregunto cómo se hizo alfarera: no me cuenta su oficio en clave de mandato sino como una vocación que fue amasando sin tornos ni otra herramienta que las manos, con la técnica del choriceo, la misma que aplicaban los pueblos originarios de América Latina.

Argentina tiene una gran tradición de cerámica y cocina de olla. En el Noreste, el mbaipy, el chipá envuelto en hoja, las sopas. En el Noroeste, el tulpo, la tijtincha, el frangollo, el locro, la calapurca. En Cuyo, el tomaticán y la sopa de gallina; Córdoba es una provincia guisera y también Buenos Aires: en la cuenca del Salado, se encontraron pruebas arqueológicas de cocción en ollas, vestigios de vegetales y animales que datan de hace 1300 años. 

Pienso en esas piezas prehispánicas y en las otras ollas que como vientres de barro alimentan a tantas personas cuando hay malaria y cuando no también. Repaso sus metáforas. En este presente en el que parar la olla no está al alcance de muchos. Y ora vez descubro a las mujeres detrás de esos fuegos en comedores donde no sobra nada, salvo la solidaridad. 

Doy vuelta de página para concentrarme en el aquí y ahora. Narda Lepes, roja de sol, de gripe y de fuego le da los últimos toques a un caldo que lleva un proceso de mil horas. A pocos metros, Leonor Espinosa mueve cuerpo y cucharas para preparar arepas oreja de perro. Y por ahí anda Thalia Barrios García, –oaxaqueña de 29 años, dos restaurantes, a la sazón alfarera– despachando tacos de maíz morado con mole recién salidos de su comal. Un comal construido especialmente para la ocasión.

Pasan nombres y platos. Los tres Rodríguez de la lista: Florencia –Tilcara– ofrece la humita con membrillo y queso que hoy preparó; Javier –Córdoba– alista su sándwich de torta frita; el colombiano Jaime, junto con Rosa Bertel hace lo propio con su mote de yuca con queso, mientras Alina Ruiz, del Chaco, sombrero en la cabeza, sonrisa en la boca, sirve un kiveve con chanfaina en un cuenco. Pasan territorios y sazones. Las natillas y otros postres. Y después de los postres, las empanadas mendocinas de María del Carmen “La Chacha” Vicario.

Un repertorio enorme de recetas y de historias: de todas, la que resuena en mi cabeza es la de Rosa Bertel, una campesina que nació en Macaján, Sucre, Colombia, porque ilustra clarito el poder de transformación de la cocina. En los ochenta, junto con su marido y su hermana, Rosa se mudó al barrio de Petare, al este de Caracas –Venezuela–, escapando de la violencia armada que azotaba a su región, hasta que en 2016, cuando se firmó el acuerdo de paz en Colombia, pudo pegar la vuelta. Y tuvo que barajar de nuevo, pero en el mazo había una carta de oro: se llamaba Asociación Agropecuaria Comunidad El Mango (Asocoman), creada en 2021 en los Montes de María, ese territorio montañoso y biodiverso donde se unen los departamentos de Bolívar y Sucre.

Escondida en el corazón del bosque seco, Asocomán al principio estaba integrada por hombres que apostaban al monocultivo, y ahora ilumina ingredientes ninguneados –que sacuden la economía del lugar–, da voz y voto a 30 mujeres de la zona y dignidad a partir de un trabajo con los alimentos. Rosa es una de ellas. “Allí pude recuperar la esperanza y la salud que estaba muy deteriorada. Y me hizo enamorar de los sabores de mi tierra…” Las ollas cuentan más que una receta. Solo hay que saber escucharlas.

Cuando paso revista de todo lo que perdimos y perdemos en esta insoportable levedad del ser periodista gastronómico, con el imperativo digital, la tiranía del SEO, las notas fast y la degradación del trabajo en equipo express –mis disculpas por repetir lo que ya se dijo tanto, pero la nostalgia es insistidora– me alivia encontrar atajos que me saquen de la autopista. O de la melancolía por un tiempo pasado que no siempre fue mejor. Volver a escribir sobre el detrás del plato. Acordarme de que la cocina, por fuera del estrellato, liberada del corset de cualquier ranking y de la tendencia fácil, tiene esa cosa de intercambio y abrazo. Y los abrazos no pasan de moda. Tampoco las ollas.

    1 | Alina Ruiz (Chaco) y Florencia Rodriguez (Tilcara).  2 | Jaime Rodriguez desde Cartagena.  3 | Lisiane Arouca y Fabricio Lemos desde Brasil.  4 | La colombiana Rosa Bertel.  5 | La Chacha Vicario con sus empanadas mendocinas.  6 | Ana Amitrano y Julia Zuccardi, las anfitrionas.

    La trastienda de esta edición

    Esta vez la idea surgió en pre pandemia a raíz de una charla entre Julia Zuccardi –responsable de Turismo y Hospitalidad de la empresa familiar–, Ana Amitrano –su madre y Gerenta Comercial de Zuccardi– y la cocinera Narda Lepes, figura clave a la hora de seleccionar el team de chefs provenientes de distintos países y recorridos profesionales. “La cocina de olla está naturalmente asociada a las mujeres, pero no quisimos poner el énfasis en una cuestión de género. Tampoco limitarnos a un perfil de cocinero,” dice Julia.

    En los fuegos 

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