Los nuevos vinos blancos argentinos desafían la hegemonía de los tintos, consolidando un notable salto de calidad y diversificación.
Publicado por Federico Oldenburg | Sep 18, 2024 | Tendencias |
no de los rasgos más atractivos del mundo del vino es su permanente evolución. Aquí no existen verdades absolutas ni sentencias definitivas; las tendencias de consumo cambian al compás del gusto y preferencias de los consumidores, que demandan tipologías, variedades, orígenes y estilos distintos. Son pocos los amantes del vino que beben las mismas etiquetas que sus padres; cada generación tiene su propio paladar. Incluso en las regiones productoras más tradicionales.
Un ejemplo de esa transformación es el crecimiento de los vinos blancos, en términos globales. La Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV) constata en sus estadísticas más recientes que el consumo mundial de esta tipología se incrementó en un 10% durante la última década, mientras que la demanda de vinos tintos disminuyó un 15% en el mismo período. En términos productivos, la tendencia también favorece a los blancos, que en los últimos 20 años aumentaron su volumen en un 13%, hasta igualar prácticamente la producción global de tintos: un 49%, según los registros del año 2022.
El crecimiento de los blancos argentinos
Argentina no es ajena a esta tendencia. Aun cuando se ha considerado históricamente como un «país de vinos tintos», en el que los blancos suponían apenas un complemento para la gama de muchas bodegas, el crecimiento de esta tipología ha sido notable en los últimos años. Así, si en 2020 la producción de vinos blancos suponía un 10% del total nacional, dos años más tarde el porcentaje reveló un crecimiento vertiginoso, alcanzando un 28%.
Lejos quedan los tiempos en que 9 de cada 10 vinos argentinos eran tintos. Cuando los blancos eran considerados poco más que un mediocre bebedizo solo apto para pseudoabstemios y señoras mayores. Una alternativa para paladares blanditos que huían de la contundencia de los taninos.
Esta realidad demuestra que el arquetipo vinícola vernáculo se ha superado. La Argentina de hoy es mucho más que Malbec. Los vinos de este país son cada vez más diversos. Y los blancos también han conquistado el espacio que les corresponde. Lejos quedan los tiempos en que 9 de cada 10 vinos argentinos eran tintos. Cuando los blancos eran considerados poco más que un mediocre bebedizo solo apto para pseudoabstemios y señoras mayores. Una alternativa para paladares blanditos que huían de la contundencia de los taninos.
Es cierto que la revolución de los vinos blancos argentinos no hubiera sido posible sin un incremento cualitativo. Si años atrás la oferta estaba limitada a modestos blancos genéricos, de vocación tabernaria y popular –elaborados principalmente con Semillón, variedad menospreciada que rara vez se mencionaba en las etiquetas– y el recurrente «Torrontés», que entonces solía pecar por sus excesos, tanto dulzones como amargos, amén de algún chardonnay pretencioso, que emulaba a los blancos californianos de moda, dominado por los aromas del roble nuevo y con un elevado grado alcohólico, actualmente el panorama ha variado y es cada vez más atractivo, con blancos de calidad notable, que reflejan con nitidez la multiplicidad del viñedo patrio.
Diversidad y fidelidad al territorio
La ambición de la nueva generación de viticultores y el rigor de las bodegas por identificar cada vez con mayor precisión las características de los suelos de cada parcela de viñedo, así como las condiciones climáticas de las distintas zonas, han permitido que los blancos argentinos puedan competir con los mejores del mundo.
1 | Colomé Estate Torrontés. 2 | Sierra Lima Alfa Torrontés. 3 | Susana Balbo Signature. 4 | Old Vines Semillón. 5 | Polígonos Semillón Zuccardi. 6 | Montesco Agua de Roca Sauvignon Blanc.
Sin traicionar su propia identidad. Empezando por la emblemática Torrontés, que nunca ha dado vinos tan buenos como los que hoy elaboran Colomé en las alturas de Cafayate, Sierra Lima Alfa en Angastaco o Susana Balbo en el Valle de Uco, por mencionar solo algunos ejemplos.
Aunque hay muchos otros vinos que reflejan la nueva realidad de los blancos argentinos. La noble Semillón, tan vapuleada antaño, se ha dignificado adquiriendo un rol protagónico en vinos tan interesantes como el Old Vines Semillón que firma Matías Riccitelli en Patagonia, o el Polígonos Semillón que pergeña Zuccardi con uvas de Tupungato.
7 | Luigi Bosca Chardonnay. 8| Rutini Colección Chardonnay. 9 | Otronia Chardonnay. 10 | Salentein Finca las Secuoyas. 11 | Zuccardi Finca Las Cuchillas. 12 | Fósil. 13 | Botánico, ambos de Zuccardi. 14 | White Bones Adriana Vineyard de Catena Zapata.
La Sauvignon Blanc, que tantas veces da origen a blancos de una exuberancia aromática excesiva –siguiendo del perfil tropical de los que se producen en Nueva Zelanda– adquiere una nueva dimensión, mucho más sutil y singular, en el Montesco Agua de Roca del inquieto Matías Michelini (Gualtallary). Y la ubicua Chardonnay, la uva borgoñona que se ha convertido en materia de vinos clónicos en el vasto viñedo global, recupera su poder de seducción más allá de clásicos como el de Luigi Bosca o el Rutini Colección, en unos cuantos blancos nacionales de nuevo cuño. Como el Otronia Chardonnay de la bodega que ha establecido el grupo Alejandro Bulgheroni Family Vineyards en Chubut, el confín vinícola más remoto y austral del este sufrido planeta. Un vino muy distinto a los que elaboran en Mendoza, con la misma variedad, Salentein –Finca Las Secuoyas, chardonnay de viñedo único– y el propio Zuccardi, que ha sumado recientemente un nuevo blanco de esta uva, Finca Las Cuchillas, a las otras etiquetas sobresalientes que produce con Chardonnay, como Fósil y Botánico. El más laureado de todos es, sin embargo, el fabuloso White Bones Adrianna Vineyard de Catena Zapata, primer vino blanco argentino que alcanzó los anhelados 100 puntos Parker, en su añada 2020.
No son los únicos, desde luego. Aunque estos ejemplos valen para dar testimonio de la eclosión de los blancos argentinos. Un síntoma evidente del buen momento que vive la viticultura de este país. Tan bueno como para que el sommelier español Luis Baselga (del restaurante Smoked Room, asentado en Madrid y Dubai), que hace unas semanas visitó Mendoza, afirme que «en los últimos 15 años, Argentina ha tenido un desarrollo vinícola que en otros países ha llevado al menos tres siglos». Aleluya.




