
Tita
La vedette de la Isla
Platos sabrosos sin carne, sin huevo y sin lácteos, precios humanos y una comunidad de comensales que llegan de todas partes. En el centro, una premisa: se puede comer rico sin gastar una fortuna.
o primero fue Pastas Tita: un proyecto que nació en un monoambiente de Chacarita con una idea clara y una fila que se formó en tiempo récord. El primer día vendieron 150 cajas de pastas frescas veganas, hechas solo con sémola, agua y sal. Sin huevo, sin lácteos, sin aditivos. Ravioles bicolores, cavatelis rugosos que retienen la salsa, espaguetis que no piden queso. El veganismo no como fin sino como punto de partida.
La historia es conocida y empezó cuando Mena Duarte e Inés La Torre pensaron en abrir una fábrica de pastas. Mena propuso que fuera vegetariana. Inés, vegana. Me pareció que había un nicho, y que era el momento de los nichos, cuenta Mena, hoy al frente del proyecto, acompañada por un equipo en su mayoría de mujeres, armada entre amigas, recomendaciones y mensajes de Instagram.
Lo que arrancó como local de venta para llevar terminó convertido en cantina hecha y derecha. No sabía cómo se hacía, pedí más disculpas que permisos. Pasé de tres turnos a llenar el salón cinco veces por día, dice. Aprendió sobre la marcha, sin fórmulas ni estrategia comercial. Pero no erró el tiro.
Tita tiene una carta que cambia con las estaciones. Hoy puede haber –para el arranque– hummus con tofu marinado y aceitunas negras, triolet de gírgolas escabechadas con queso crema y focaccia, empanadas de hongos y humita (buena masa, rico relleno), mil hojas de papa con crema de hierbas que vienen en porciones grandes y sacian como solo la papa puede saciar. Entre los principales, hay pastas –al dente– varias. Agnolotis de boniato y berenjena con crema de curry, cavatelis con brócoli y pangrattato. Fideos con pomodoro y pesto de cajú que demandan tanto adultos como niñxs. Los que roban cámara son los trifungi —una pasta triangular rellena de champiñones, gírgolas, portobellos y queso crema de cajú— (muy bien logrados). En la lista de opciones, no falta la milanesa de gírgolas con fideos al burro (milanga y pasta, la dupla de moda, aunque en este caso, la carne no es de la partida).
Mena asume el reto de los postres, un desafío para el veganismo en la cocina, pero sale airosa: mousse de chocolate con peras; cannoli con fruta de estación, fritura perfecta en la masa, relleno untuoso que pide una acidez (la pera en este caso no es buena compañía); helado almendrado con salsa Charlotte; brownie con helado de pistacho sin TACC (mi preferido). Para tomar, soda de hibiscus con cardamomo, vinos veganos, cervezas de Filidoro.
Sobre todo los fines de semana, en el salón, que irradia una energía de bodegón contemporáneo, no cabe ni un alfiler. Muchos no son veganos. Acá se come rico y punto. Tita se volvió punto de encuentro. Hay gente que viaja desde Tandil, dice Mena. Y cuenta que tiene en danza una fábrica para escalar sin perder identidad. Quiero que llegue a más lugares, pero con el mismo producto. No es fácil. En este emprendimiento pasé de pagar cien lucas de luz a un palo. Pero sigo con precios justos. Porque comer rico sin gastar una fortuna también es una decisión política.
Pastas Tita crece con otra lógica. Y le funciona.
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SIN RESERVAS
Bonpland 850 – Chacarita – CABA
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