
El Papagayo
Ciudad de Córdoba
Javier Rodríguez y su pareja, Lucía Roland, encontraron una fórmula exitosa. Combinaron una cocina de producto noble y cercano, con técnicas que no buscan deslumbrar, una cava bien nutrida y un ambiente con encanto donde se destacan obras de artistas plásticos cordobeses. Vale la pena viajar para conocerlo.
o sé si Javier Rodríguez era muy movedizo de chico, pero desde que eligió ser cocinero no puede quedarse quieto. Tampoco ensaya pasos que sus piernas no sean capaces de dar. Y en ese vaivén, que a otros los desestabilizaría, encuentra su equilibrio. Hace once años abrió El Papagayo: fue una conclusión, no un punto final. Después llegaron Standard 69, un lugar más informal con varias sucursales; DOC Bar –la cantina de un sanatorio donde cocinan para más de mil personas por día–; Shiok Coffee Roasters, un tostadero y cafetería con franquicias que alimenta su pasión por el café; El Papagayo Petit Café, cafetería y bar; lindero a un coqueto hotelito con cinco habitaciones, enfrente de su nave insignia. Mi equipo sabe que puedo traer un nuevo proyecto, cambiar sobre la marcha, se ríe. Se ríe, además, porque me acaba de contar un nuevo plan que no sé si puedo contar.
Javier Rodríguez está en un momento de madurez y eso se siente en su restaurante. La creatividad que mamó en el sofisticado Noma, no se vuelca sin filtro ni criterio en el menú. En El Papagayo no hay pretensión, pero sí una búsqueda de belleza. Fue clave su experiencia en restaurantes de Asia y Europa, y clave también la mirada de su pareja y socia, Lucía Roland, arquitecta, para darle vuelo a este pasillo de dos metros y medio de ancho y treinta y seis de largo, que antes se abría al corazón de la manzana y donde se reparten unas pocas mesas. Las paredes conservan el ladrillo a la vista. En el techo, el colgante La Bandada, del artista Santiago Lena, hecho con más de mil piezas de gres que simulan aves migrando –¿golondrinas?–.
La estrechez y las obras de arte de talentos cordobeses forman parte del encanto de este lugar donde se aprovechó al máximo cada ambiente. Al fondo, en la cocina, una escalera conduce a un entrepiso donde se dispone una mesa para 10; la cava guarda unas 430 etiquetas, entre ejemplares argentinos (mucho buen vino cordobés) y algunos tesoros franceses, italianos, españoles y californianos: el vino es otra de las pasiones del chef.
Se vienen más proyectos: en breve abrirá en Mendoza un restaurante con Lacoste, con el que ya lanzó conjuntamente un vino.
Javier nació en Santiago del Estero: se nota en su acento y en la tortilla santiagueña que sirve con tartar de búfalo de agua. Celebro que el menú arranque con vermú de la zona y una picadita de salames de tres terruños –Oncativo, Colonia Caroya y Capilla del Monte– y estilos diferentes, más o menos especiados, con mayor o menor porcentaje de cerdo o carne vacuna acompañados por una barra de polenta blanca, bien de acá. Después, una sucesión de bocados y platos: la cracker con anchoas, café e higos frescos; el de puré de remolacha con chocolate, pickle de remolacha, ciruela fermentada, vinagreta y nuez tostada, servida con un queso de leche de oveja –“Rosence”– de La Bonne Étoile; el bonito curado, marinado en aceite con pimentón y ajo, sellado y con un toque de yuzu y alga kombu, sobre ensalada rusa, que se completa con un “lardo vegetal” de melón; la humita que podría repetir hoy mismo; la carne wagyu (nunca me desvela).
Hay mucho de cercanía –dice Javier– pero si tengo ganas de incluir un producto de afuera lo hago. De hecho su icónico huevo –un homenaje a Alain Passard que no puede sacar del menú– además de yema tibia, crema agria, crocante y arrope de chañar lleva trufa de Périgord.
Detrás de la atmósfera amable –y de todo lo que llega a la mesa– hay un trabajo colectivo. Nada sería lo mismo sin el equipo, pura hospitalidad. Les hablo mucho y, además, tengo una biblioteca enorme y les comparto mis libros. Lean, les digo.
El talante inquieto de Javier se contagia a su troupe y le llega también al comensal: para comer el postre –destaco el durazno con Campari y su toque de amargor, nada habitual en los postres– hay que cruzar la calle y entrar al bar: buen clima y mejor música. Una idea que resuelve la economía del espacio, y de paso divierte y relaja.
El servicio acompaña el ritmo y el ánimo perfeccionista de Javier Rodríguez. En cocina, Daniela Cuevas; en sala, Lucía Roland; sommelier, la jujeña Lucy Mealla.
Javier dice que no trabaja para los premios. Sin embargo tuvo varios reconocimientos. Los más recientes, los de 2025, cuando El Papagayo ingresó en The Latin America´s 50 Best Restaurants (puesto #78). Ese mismo año, The Best Chef Awards lo distinguió con dos cuchillos, dentro de la categoría “clase mundial”. El premio mayor: ver siempre concurrido y en movimiento a su restaurante.
Para más datos
El Papagayo
Arturo M. Bas 69, Córdoba.
Reservas: elpapagayo.meitre.com
Consultá la carta aquí
IG: @elpapagayo69
El Papagayo Petit Café
Arturo M. Bas 70, Córdoba.
Lun a vier de 8 a 20 y sáb de 9 a 14 y de 16 a 20. Dom cerrados.
IG: @elpapagayopetit
Shiok Café Roasters
La Tablada 367, Córdoba Capital.
shiokroasters.com.ar
IG: @ shiokroasters
Standard 69
Achaval Rodríguez 244, Barrio Güemes.
Villa Warcalde en @punto.w
Jose María Eguía Zanon 9107 – Rotonda Villa Warcalde
Consultá las cartas aquí
IG: @standard69cafe




