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Francisco

el Papa que amaba el chipá

Tenía debilidad por ese pancito de harina de mandioca y le gustaba comerlo caliente, recién salido del horno del Arzobispado. No todos saben que el Papa argentino que hizo de la humildad su gesto más político era un seguidor de las tradiciones correntinas, como la de la caña con ruda. Esta es la historia de su vínculo íntimo con la comida y la gente del Litoral.

Publicado por Estefania Cutro
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11 mayo, 2025
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CapitularSPG El lunes 21 de abril, el país y el mundo se conmovieron con la muerte de Francisco: el Papa, el Papa argentino, el de la visión progresista y amplia, el que abrió la Iglesia a otros continentes, el que se ocupó de los marginados, de los inmigrantes. También el papa futbolero, el de los zapatos gastados, el de los gustos simples. Con su partida, muchos empezaron a valorar más su legado, y las redes se inundaron de videos. Uno en particular llamó mi atención: una delegación de hermanas paraguayas que le llevaron chipa. Francisco, ya debilitado y en silla de ruedas, al escuchar el grito entusiasta de esas mujeres —¡Francisco, le trajimos chipa!— reaccionó como si escuchara una palabra mágica: se iluminó, se incorporó y sucumbió encantado ante la bolsa de ese pan casi sacramental para los de la tierra guaraní.

Fue Silvina Rebechi, amiga de la infancia del barrio allá en Esquina, la que me acercó a Francisco. Cuando todavía era estudiante de Derecho, ella empezó a trabajar en el área legal del Arzobispado, y ahí estableció una relación casi paternal con quien entonces era el arzobispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio. Hoy, Silvina es apoderada legal del Arzobispado y, por indicación directa de Bergoglio, fue parte de la comisión económica: la primera mujer en la historia de esa institución en ocupar ese lugar. Me contaba que, en sus repetidos viajes a nuestra querida Esquina para visitar a su familia, siempre volvía cargada de dulce de mamón y de andai –una preparación popular que se hace con calabaza y azúcar– para Bergoglio, era su forma de agasajarlo. También traía masa de chipá –chipa, sin acento, en Paraguay– que cuidadosamente moldeaba y horneaba en el segundo piso del Arzobispado para que él pudiera disfrutar las bolitas calientes, recién salidas del horno.

Todo eso vino a mi cabeza ese lunes a las 6 de la mañana, cuando María O’Donnell hablaba en su programa sobre la partida de Francisco.

papa franciasco toma mate

El Papa que hoy el mundo llora, disfrutaba de la comida de mi tierra, esa comida simple y compleja a la vez, nacida de siglos de una estirpe criolla, mezcla de españoles y guaraníes. Seguí atormentando a Silvina con mis mensajes, y en ese ida y vuelta me enteré de que también en el Arzobispado se respetaba el ritual del 1ero de agosto, el de la “caña con ruda”: que Francisco, ya Papa, se había ocupado de mandar una grapa italiana para que las monjas del segundo piso prepararan esa bebida, un rito que se mantiene desde la época de los jesuitas.

En medio de mi curiosidad imparable, Silvina vuelve a escribirme: La hermana que estaba a cargo de la cocina es correntina, te paso el número. La llamé enseguida. Leonor Fretes, de la Congregación de la Inmaculada de Génova, me respondió con calidez y me contó que estuvo 23 años a cargo de la cocina del Arzobispado de Buenos Aires, trece de ellos junto a Bergoglio. Durante nuestra conversación, supe que está jubilada, que cada diciembre regresa a su querida Laguna Brava, y que sus comidas preferidas son el mbaypý –plato a base de harina, vegetales, carne bovina, aviar, o chorizo, y queso– y el locro. Leonor recordó con cariño a Francisco, un hombre sencillo, de comidas livianas, aunque con una debilidad por el chipa. Del otro lado del teléfono sentí su emoción al contarme que, tras un viaje a Corrientes, Bergoglio le llevó una imagen de la Virgen de Itatí y le dijo: Una correntina más. Desde entonces, esa Virgen morena, la que cura el alma de mi pueblo, preside el comedor del Arzobispado.

Francisco nació y murió irreverente. En uno de los videos que circula en Instagram,  reniega de una de las cenas lujosas que había organizado Caritas en uno de los restaurantes de Puerto Madero: Esos restaurantes lujosos están a un paso de una villa naciente, comentaba con un dejo de enojo. La iglesia latinoamericana está llamada a un ser un sacramento de amor, de solidaridad y de justicia entre nuestros pueblos. “Padre, usted es comunista”, me dicen algunos: no, yo interpreto lo que la iglesia te pide. Las coincidencias entre Francisco I y León XIV son muchas, muchísimas, pero la que más se destaca es esa profunda sensibilidad hacia los más necesitados, los pobres, los migrantes, los olvidados.

El Papa argentino y el norteamericano de nacimiento, y peruano de corazón,  comparten una mirada atenta a los saberes y sabores de los pueblos criollos de Latinoamérica, en los que reconocen un legado cultural y también una conexión que enlaza nuestras raíces y se refleja en cada gesto que va más allá de lo ceremonial. Un culto a lo auténtico, lo humano. Como la esencia simple de ese pan de almidón de mandioca, chiquito y sabroso.