
Julián Galende
y el círculo virtuoso
Nada se pierde, todo se reconfigura, se transmuta y regresa. Al frente de Alcanfor, uno de los proyectos finalistas del Prix Baron B Édition Cuisine 2026, Galende habla de una cocina con presente y con mucho futuro, en la que la sostenibilidad se vuelve mandato cotidiano. Tallos, hojas y frutos en perpetuo estado de reinvención para que el eterno retorno deje de ser mito y se convierta en realidad viva.
hora que hasta lo simple se volvió complejo y las frases “gancheras” parecen ser el principio de todo, algunos regresos se festejan el doble. Julián Galende (ex Social Paraíso, ex Mirazur, ex Hotel Hyatt, ex estudiante de Sociología) fundó en Villa Crespo una patria chiquita y acogedora en donde el único pecado capital es el desperdicio. Ese gesto recuperador y vivificante ya le valió una estrella verde en la Guía Michelin y colocó a Alcanfor, su primer proyecto personal, en la ruta gastro de Buenos Aires. Pero él –en conversación tempranera con Sólo Por Gusto– reconoce que eso le viene de lejos. Más precisamente de un linaje de inmigrantes para el que tirar comida o no aprovecharla a fondo era, casi, renunciar al Paraíso. Dice que eso lo aprendió en su casa, pero lo cierto es que en ese gesto de cuidado y rescate hay también otra cosa: conciencia ambiental. Julián pertenece a una generación para la que el respeto por la naturaleza estuvo desde siempre y se fue fortaleciendo con el tiempo a fuerza de apagar luces, vigilar el gasto de agua en la casa y compostar todo lo compostable.
Pero, ¿cómo fue que un chico nacido en una familia de académicos –padre psicólogo, madre licenciada en Filosofía– decidió un día cambiar a Weber y a Bauman por recetas y puntos, por productos y principales? Él mismo lo cuenta como si fuera la historia de otro, de un Odiseo ajeno. “Terminé el colegio y arranqué estudiando Sociología. Mi padre, inmigrante, salió a laburar a los diez años y entonces el hecho de que él haya podido ir a una universidad, la importancia de la universidad, la importancia de la formación y todo eso hizo que yo, después del colegio, optara por esa carrera, que era y es algo que me interesa. Siempre, desde chico, la cocina también me había gustado mucho. Por eso, cuando me encontré un tanto desencantado con la carrera, esa curiosidad volvió”.
Corrió entonces a anotarse en el Instituto Argentino de Gastronomía (IAG) como quien se cuelga al cabús del último tren. Y le encantó, y aprendió muchísimo, y descubrió con espanto que su currículum académico le jugaba en contra. “Porque era netamente académico, porque la sociología nada que ver con la cocina y claramente priorizaron a otras personas. A mí me interesaba entrar a un restaurante de lo que fuera: como bachero, camarero o runner. Finalmente, el hijo de un amigo de mi papá, Federico Simoes, tenía el restaurante Social Paraíso, hablé con él y en ese momento tuve la enorme suerte de que Darío Gualtieri tomó el mando de Social. Aprendí enormemente en muy poco tiempo”, resume.
“Desencanto, dice, y no hay palabra más acertada para describir lo que sintió al ver que sus compañeros sólo conseguían empleo como procesadores de datos o encuestadores telefónicos.”.
1 | Tomates y algas. 2 | Langostinos, ají amarillo y durazno. 3 | En primavera endibias. 4 | Higos blancos, berenjenas, tahini. 5 | Salón con vista a la calle. 6 | Rack de cordero de Chascomus.
Invitados en el paraíso
En principio, como todos, fue una masacre. Sucede que como todavía no se había decidido a abandonar la carrera –¡hay que plantarse frente a una familia toda hecha de másteres y doctorados a decir que uno prefiere los batidos y el coulis!– tuvo que combinar las materias de Sociología con la cursada del IAG y el trabajo en un restaurante real. “Igual pasó algo muy loco, que fue que me sentí muy cómodo muy rápidamente. Me despertaba a las seis, estudiaba toda la mañana, después volvía a casa y me iba para el restaurant, donde estaba hasta la una de la mañana. ¡Pero estaba feliz de esa vida! Después dejé Sociología y empecé a hacer jornadas con todo el resto del equipo hasta que el chico que hacía entradas se enfermó y me cayó a mí esa pelota. Para ese momento, además, yo ya despachaba los postres. Así, de a poquito, me fui metiendo”. Tanto que en algún momento se postuló para una pasantía que lo depositó directamente en Mirazur, el restaurante de 3 estrellas Michelin bajo la batuta de Mauro Colagreco. “Yo, personalmente, la pasé muy bien y aprendí un montón más allá de que también pasamos momentos difíciles. Hay, en esa clase de lugares, también algo que es muy lindo y es que conocés a gente de todo el mundo. Y eso está buenísimo porque aprendés de productos de todos lados. Cuando yo me fui de Argentina encontrabas una cebolla, tomates y pará de contar. Entonces, llegué a Europa y tenía de todo”.
Junto con los restaurantes Anna (Chaco) y Crujiente (Ushuaia), Alcanfor es finalista del Prix Baron B, el evento gastronómico más importante del país que distingue los proyectos de calidad que apuestan a la sostenibilidad y la transformación del territorio a través de la cocina. La final será el 27 de agosto en el Faena Art Center.
¿A qué te referís?
–Y, a que capaz yo estaba lavando los vegetales lo más pancho, bajo el agua corriente y con la canilla abierta, y venía quizá un pibe y me decía que eso así no era. Un día incluso vino un pibe de mi edad y directamente me cerró la canilla. Me dijo: “¿Qué? ¿En Argentina el agua es gratis?”. Me quedé duro, y eso que yo vengo de una familia inmigrante y desde que tengo memoria si salís del cuarto apagás la luz.
Eso conecta con todo lo que vos estás haciendo hoy en tu cocina.
–Absolutamente. Yo reconozco en Alcanfor –y en mí habitando ese proyecto– un montón de cosas de mi historia familiar. Más allá de mi paso por Mirazur (con toda esa cosa del jardín, de la huerta y demás), en mí toda esa idea de cuidar y de reciclar ya estaba. A veces me dicen, me preguntan si todo esto de la sustentabilidad yo lo hice pensando en algún reconocimiento y la verdad es que no. ¡Si yo tenía una compostera en el balcón de un departamentito de dos ambientes! Entonces, no podía tener un restaurante donde tirara el 30 por ciento de la mercadería que entra.
¿Ese es el promedio de descarte? Porque es muchísimo…
–Sí, la verdad es que sí. Es muy alto, muy alto. Frente a esto, pensamos, pensamos mucho. Hay toda una cosa previa que tiene que ver con la compra del producto, porque ahí comienza todo. Elegir qué se compra y cómo se recibe cuenta, y mucho, así como también elegir cómo se reciben las cosas. Por ejemplo, hablar con los proveedores para que elijan cajones de plástico duro y que no me traigan todo en quinientas bolsas, o pensar integralmente. Además, nuestro mediodía, por ejemplo, está pensado sobre el excedente de la noche. La estructura del mediodía se piensa desde ahí. Entonces, si a la noche hago un plato que tenga –no sé– repollitos, al mediodía hacemos con las hojas y los tallos un puré que sirva de guarnición para una pesca, por ejemplo.
“A veces me preguntan si todo esto de la sustentabilidad yo lo hice pensando en algún reconocimiento y la verdad es que no. ¡Si yo tenía una compostera en el balcón de un departamentito de dos ambientes! Entonces, no podía tener un restaurante donde tirara el 30% de la mercadería que entra”.
La resistencia
Hay dos formas de lucha: una que se llena de gritos y ademanes, y otra que se llama a silencio y hace del persistir su principal fortaleza. La resistencia es una lucha de este segundo tipo. No espera aplausos, no retumba, pero consigue cambios reales y sostenibles en el tiempo. Lo supimos antes, pero las generaciones han ido perdiendo esos saberes y el rescate que hoy viene llegando –y del que Alcanfor y su chef son buenos exponentes– habla precisamente de eso: del giro virtuoso, de un modo de hacer probado y posible. Las magias caseras de antaño –desde la célebre ropa vieja al cabo de un puchero hasta las croquetas que reinventaban el arroz de otro día– se convierten así en la clave de una cocina tan verdadera como desafiante. “De lo que se trata es de recuperar una tradición. Creo también que de alguna manera es una forma de resistencia, de resistir a este mundo de consumo y descarte constante. Entonces hay un montón de cosas que usualmente se tiran pero que se pueden aprovechar. Y hoy veo, y sobre todo a partir del último año, que hay muchos más lugares que están levantando esa bandera y hablando de eso, seguramente impulsados por esos reconocimientos que da la Guía Michelin. Pero sea por lo que fuere, está bueno que empiece a suceder y que haya un poco más de conciencia y cuidado”, dice Galende. “Sinceramente, no creo que la gastronomía vaya a cambiar el mundo en relación a eso, pero sí es una decisión política que nos permite plantear una problemática que está ahí”.
Un menú de mediodía con excelente relación calidad-precio. 1 y 2 | Sopas de bienvenida. 3 | Opciones vegetarianas. 4 | Alcauciles, queso de cabra. 5 | Julián. 6 | Pesca del día. 7 | Pollo pastoril. 8 | Helado y frutas frescas.
“Nuestro mediodía, por ejemplo, está pensado sobre el excedente de la noche. Entonces, si a la noche hago un plato que tenga –no sé– repollitos, al mediodía hacemos con las hojas y los tallos que no usamos un puré que sirva de guarnición para una pesca”.
Respecto de lo que hace la Guía Michelin, fuiste distinguido.
–Sí, Alcanfor tiene una mención como recomendado y también una estrella verde, que es por sustentabilidad y proyectos integrales. Eso tiene dos aristas que me parecen claves: el cuidado del medioambiente es central porque nosotros trabajamos con materia prima que viene de la naturaleza y, si no lo cuidamos, nos quedamos sin. Y, por otro lado, también hay una cuestión económica: no es lo mismo tener un 30% de desperdicio que no tenerlo.
Pero, más allá de eso, también se ha instalado la idea de que comer bien es más caro.
–Eso es porque, si en algo se concentra la industria, eso es en bajar costos. Entonces, los ultraprocesados son mucho más económicos no solo en términos monetarios sino también en tiempo, porque vos comprás un paquete, lo abrís, comés y descartás lo que quede. Caso contrario, tenés que planificar, comprar, cocinar. Eso implica un montón de otras cuestiones que son muy saludables pero que hoy tienden a desaparecer. Tanto que en los departamentos de muchos edificios nuevos ya no hay cocinas.
Y con eso desaparece también todo lo que orbita al momento de comer: la preparación, pero también la sobremesa.
–Totalmente. Y para peor desde la pandemia, cuando el 90% de la población se zambulló en las redes, comenzamos a trabajar, comprar y a hacer todo por internet, y la gastronomía no estuvo al margen de eso. También ella se convirtió en un espacio de consumo y en el medio se perdieron montones de cosas: sentarse a conversar alrededor de una mesa, etc. Cocinar es conectarnos con un instinto primario nuestro, porque lo que nosotros comemos –más allá del placer– es también algo más. Tiene un trasfondo más potente porque, ¿qué me estoy metiendo yo en el cuerpo? Entonces, me parece que hoy los restaurantes, sobre todo con lo difícil que está todo en Argentina, tienen que seguir siendo espacios de encuentro y no convertirse en meras usinas de consumo y exhibición.
¿Y cómo entra tu propuesta en semejante escenario?
–Alcanfor es justo lo contrario de todo eso y de alguna manera resume mi existencia. Es una confluencia de mis intereses, de mi forma de ver las cosas y de mi historia personal. Entonces, ¿qué mejor manera que representar eso como un nacimiento? Este es para mí un nuevo hogar, un lugar donde volver a crecer. Mi papá, cuando yo nací, plantó un árbol de esos.
“Nosotros los argentinos también tenemos una resiliencia medio absurda y seguimos apostando a las cosas aun con todo en contra. Eso en algún punto es sano porque si no, frente a una situación como la actual deberíamos cerrar todo y quedarnos encerrados llorando en casa. Y no”
¿Cómo es hoy la realidad gastronómica local?
–A ver, yo creo que hoy se está dando un fenómeno muy particular que plantea dos caras: por un lado, han aumentado los costos fijos (alquileres, servicios, de manera brutal) y al mismo tiempo hay una caída del consumo y hay menos turismo. Y ese combo, sumado al frío, es letal. Frente a eso, aparecer en muchos lugares o que la gente hable de vos ayuda, pero tampoco es garantía de que un lugar esté funcionando bien. Yo creo que esta temporada la estamos sufriendo todos y por eso mismo aparecen tantas cosas y estamos todos haciendo fechas y eventos. Y esa es una manera de mantenerse activos y en boca de todos. Es una manera de sobrevivir. Lo raro es que, al mismo tiempo, en gastronomía siguen apareciendo un montón de lugares.
¿Y desde dónde se explicaría eso? A ver, ¿qué diría el Julián sociólogo sobre este extraño fenómeno?
–A ver: para la gastronomía la pandemia fue difícil, pero el rebote de eso fue muy positivo. Después eso decayó. El tema es que nosotros los argentinos también tenemos una resiliencia medio absurda y seguimos apostando a las cosas aun con todo en contra. Eso en algún punto es sano porque, si no, frente a una situación como la actual deberíamos cerrar todo y quedarnos encerrados llorando en casa. Entonces eso de seguir apostando está bueno, pero a la vez ahora veo una tendencia a seguir haciendo proyectos muy similares.
¿Cómo hacés para ser distinto?
–Para empezar, en Alcanfor no vas a encontrar platos que veas en redes. Quizás sea un error, pero nosotros no construimos desde esa imagen. Es un proyecto que desde el día 0 salió con personalidad propia porque, más allá de su momento de concreción, como idea ya tiene muchos años de existencia. Al margen de eso, los argentinos en general tenemos una enorme capacidad creativa. Yo en gastronomía no creo en el talento pero sí en la creatividad. Y nosotros de eso sí tenemos muchísimo. Cocinar es eso: resistir, seguir apostando por las ideas y el deseo propio, eso que es tan difícil de reconocer.

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