

Sucre
El verdadero Macondo
– PRIMERA PARTE –
Con Leonor Espinosa y Maira Sierra como guías, seguimos la huella de García Márquez por el Caribe colombiano. De San Antonio de Palmito a Rincón del mar, pasando por Betulia, Sincé, Galera, Sucre-Sucre y Montes de María, nos metimos en paisajes, cocinas y pueblos que nos sumergieron en sus novelas.
i no fuera por la sombra de estos árboles, el calor nos derretiría. Pero la naturaleza es generosa y nos protege con su paraguas vegetal en este lugar de Colombia que no conocíamos ni imaginábamos conocer. Se llama San Antonio de Palmito y detrás del nombre se esconden otros nombres. Una sucesión de paisajes. Y una realidad previa a la conquista, cuando el mundo era otro y el pueblo zenú, amo y señor de estas tierras, vivía a su aire.
Dicen los antropólogos que los zenúes fueron los primeros alfareros de América. Habitaban los bosques tropicales del actual departamento de Sucre, eran sabios en el dominio del agua y construyeron en tiempos amerindios –del 200 A.C al 1.000 D.C.– un sistema hidráulico complejo que se conoce como “espina de pescado”. Hoy, ese dato sirve como primera pista, como punto de partida para una expedición gastronómica –o política, o estética, o todo eso junto– que comienza de la mano de Leonor Espinosa, chef, y Maira Sierra, gestora cultural.
Así se presentan estas dos mujeres, aunque son más que sus títulos. Leo cocina, pero también pinta. Es una figura pública y una artista. Maira hace música, dirige la fundación Cantares y es una lideresa de la etnia zenú. Ambas empujan con la fuerza de un tractor, el proyecto Sucre sabe diferente, buscando salvaguardar el patrimonio cultural y potenciar el valor turístico de la región. Las acompañan el impulso de Funleo –la fundación que Espinosa dirige con su hija, la sommelier Laura Hernández– el aporte del Fondo Mixto de Cultura y el respaldo de un gobierno local que, en este territorio del Caribe colombiano, elige mirar hacia adentro.
San Antonio de Palmito es la primera estación de una ruta que termina en Rincón del Mar y pasa por Betulia, Sincé, Galera y Montes de María. Y antes de Montes de María, Sucre-Sucre: un pueblo que comparte nombre con el departamento que lo contiene en la Mojana, al que se llega solo por agua, se inunda dos o tres veces al año y parece diseñado por el propio García Márquez. Todo indica –todos indican– que lo marcó tanto o más que Aracataca, Cartagena o Barranquilla. Sucre-Sucre, la otra orilla de Macondo.
Hijos del maíz
Afuera, el verde. Adentro, un espacio de pensamiento donde compartir ideas, música, comida, rezos, y quedarse embobado con el sinfín de artesanías que nos rodean: carteras, pulseras, canastos, abanicos que enseguida usamos para apantallarnos y paliar el sofocón. Todo está trenzado con caña flecha. Desde que los zenúes tienen memoria, su mundo se teje con esta fibra natural. La misma con la que está hecho el sombrero que levanta Gina, una mujer de pómulos altos y ojos azabache. No cualquier sombrero: el vueltiao, igualito al que luce Gabo en una foto que nos mostrarán más adelante en la Casa de la Cultura de Sincé, otro punto del recorrido.
Cada línea –explica Gina– cuenta una historia. Para ustedes, los occidentales, este objeto puede representar un mero recuerdo turístico. Para nosotros, una forma de resistencia: cuando los colonizadores llegaron, les cortaban la lengua a los indígenas para silenciarlos. No pudieron, porque ellos aprendieron a comunicarse a través de estas pintas, de estos dibujos.
El sombrero también equivale a un anillo de matrimonio. Una muchacha se enamora y se lo confecciona a su elegido. Él, si acepta, le construye la casa. Todo empieza por el gesto de las manos, dice Gina. Yo miro las suyas: ¿ya habrán tejido el ritual?
Una mesa, mil productos
La charla da paso a una música de gaita y flauta de millo. Y con la música, la danza. Polleras de colores, pantalones oscuros y pies descalzos de chicas y chicos de 14 o 15 se mueven al ritmo del porro, del fandango o con la cadencia de la canción que canta Aida Bossa: No es blanca, la vida es de colores, la vida es de colores, muchos colores. Mi sombra, leve como borrón en lienzo. Se mueve como el viento para sobrevivir…
Cuando el baile se apaga, Leo y Maira nos invitan a curiosear las mesas de madera que se disponen sobre el piso de tierra y desbordan de productos: semillas de ahuyama, de guandul, de melón, de calabaza, de ajonjolí. En un rincón, caraota rallada, frijoles negros, frijoles rojos. En otro, los ñames, las yucas, los maíces de colores: negrito, panoa, tacaloa, cuba, tusa, casado, cariaco, piedrita.
Ahora nos lleva de la nariz el perfume de la guayaba, el corozo, el anón, el mango. Después vendrá el gusto: la carne dulce, el jugo espeso, la boca envuelta en frescura.
Las cocineras locales prepararon un menú que nos ofrecen en cuencos hechos de totumo. En este repertorio, el arroz, en dos versiones: con coco o con esos fideos finitos y crocantes que aquí llaman palito, no falta nunca, pero la lista de platos abruma. Yuca, sopas, quesos, empanadas fritas, carimañolas, verduras, pescado bocachico: levante la mano el suertudo que zafe de caer en la trampa de sus espinas.
La semilla, el futuro
Con tanta oferta, el almuerzo se alarga como siesta de verano mientras la atmósfera arde igual que el destilado de caña que llaman ñeque, o el fogón zenú, pensado para cocinar, pero también como símbolo de la unidad familiar, de comunión con los ancestros, trinchera cultural en la que el maíz es clave. Somos hijos del maíz, dice Gina. El ser supremo nos moldeó con esa masa sagrada. En ella está todo: el origen, la historia, la lengua. Por eso defendemos su biodiversidad preservando las semillas.
A Juan Cruz, el ingeniero agrónomo del grupo, se le nota el orgullo al contar la batalla que le presentaron a los transgénicos, a los agrotóxicos y los monocultivos cuando se introdujeron de prepo en este lugar. Gracias a esa lucha, en 2005 nos declaramos territorio libre de transgénicos y empezamos a recuperar lo que nos estaban quitando. Una recuperación que lideraron las mujeres: si algo no se negocia en el universo femenino es el derecho de alimentar y cuidar a los hijos. Por eso hay custodias de semillas que las guardan y protegen. Comer lo que cultivamos es un acto político, aclaran.
Y en una era globalizada que uniforma mesas y borra sabores, cuidar los propios es un modo de decir: aquí estamos. Somos esto. Parte de la naturaleza. La cocina, la troja, el telar, el alambique, los espacios donde estos artesanos pacíficos cultivan alimentos, curan cuerpos y territorios o le ofrendan alimentos a sus dioses Mexión y Manexca, muestran una manera de ser y estar en el mundo. Dos mil años atrás, esta civilización ya había entendido lo que la modernidad parece olvidar: que la tierra es la gran madre; que sin tierra no hay vida posible.
Agradecimientos
- FUNLEO trabaja por la reivindicación de las tradiciones gastronómicas de las comunidades colombianas, a partir de su patrimonio biológico e inmaterial. @funleodesarrollo
- Fundación Cantares @fundacantares
- Sucre sabe diferente @sucresabediferente
- Fondo mixto de cultura @fmixto_sucre
- Gobernación de Sucre @gobsucre
- Hotel Sofitel Bogotá @sofitelbogota





