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Sucre

La otra orilla de Macondo

– SEGUNDA PARTE –

La chef Leonor Espinosa y Maira Sierra -gestora cultural- nos guiaron para seguir la ruta de García Márquez por el Caribe colombiano, esta vez pasando por Betulia; Sincé; Galera; y Sucre-Sucre. Paisajes, comidas y culturas que nos hicieron recrear sus novelas.

Publicado por María De Michelis
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6 septiembre, 2025
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Capitular R SPGojo, verde, amarillo, naranja. Nuestro paso por San Juan de Betulia es una ronda cromática. Hace dos años, gracias a un proyecto comunitario y de turismo cultural, el color se volvió ruta y desde entonces cada casa de bahareque, palma y estiércol de vaca se convirtió en un relato que cuenta el perfil de sus moradores. Está la del pescador, la del jugador empedernido, la del escritor.

En una de las esquinas betulianas nos encontramos con Publio César Mendoza, chofer de un willy llanero. Lo llaman “El Puyo”. Gorra verde, diez hijos, veintisiete nietos, vocación de humorista y un amor inmenso por su tierra. Aquí nací, aquí crecí y aquí muero. Si muero lejos de aquí que me traigan a mi pueblo. Y me hagan un nicho bonito para mí, canta y suelta una carcajada.

Los colores de Betulia.

Sincé

Tambores y flautas y un grupo de danza nos sorprenden a la entrada de la Casa de Cultura Sinceana Fernando Iriarte Navarro, que atesora fotos, cuadros y testimonios de García Márquez, su familia y su obra. La bienvenida se extiende en una sucesión de comidas tradicionales: bollos de batata y de maíz envueltos en hojas de palma, yuca, arepa de maíz dulce con anís, empanadas fritas de maíz, arepas de huevo, suero costeño, chicharrones, casabe. Un compendio de calorías que hacen juego con la temperatura ambiente: para bajar el sofocón bebemos horchata, pero no de arroz como en México, sino de ajonjolí. Acá la preparan tostando las semillas, rallándolas y despojándolas de su cascarita hasta volverlas leche blanca y fresca. Vaso va, vaso viene, la jarra se nos acaba.

Cuando ya no queda nada en el plato, ni espacio en el estómago, suena La pollera colorá, la cumbia que Wilson Choperena compuso en 1960. Sin saber cómo, las mujeres del grupo terminamos bailando, vestidas con polleras de volados, cortas de swing folklórico, anchas de comida y música, y listas para seguir viaje hasta la casa que para Leonor Espinosa era refugio de verano. Los fueros de la niña Elvia Hernández, su abuela.

La construcción antigua conserva su fisonomía, los muebles oscuros, la mecedora en el patio, el retrato de la hija pelirroja que se fue demasiado pronto. Esa misma cabellera  encendida y esas mismas facciones heredó Leo, la nieta que le escribía las cartas, la chica traviesa y desafiante. Tal vez por eso mi abuela tenía algo especial conmigo, me regañaba más que a mis hermanos, pero me enseñó a compartir. Los veranos en Sincé no eran descanso. Había que ayudar, hacer mandados y llevar una olla de comida al otro extremo del pueblo, bajo el sol que rajaba la tierra. Esa era la tarea que más odiaba: tanto que se escondía en la esquina a llorar de rabia.

Sin embargo, cuando volvía con su familia a Cartagena suspiraba por volver al olor de los patios mojados, a las conspiraciones de la siesta. Por esta casa pasaban hasta cien personas al día a recoger su comida. La niña Elvia no cocinaba: daba instrucciones. Era una mujer de carácter rudo y corazón generoso que alimentaba a medio pueblo y criaba a muchos de sus niños.

Cuando murió, Leo no alcanzó a despedirse, pero se quedó los nueve días del velorio: el tiempo que, dicen, tarda un alma en elevarse.

Caminamos hasta la construcción vecina, hogar de la familia García Márquez. En el portal se recorta la figura fina como aguja de Ruth Ramos de la Osa, dueña de casa. La mujer de ochenta y tantos nos hace pasar y señala la escalera que lleva al balcón corrido desde el que  el niño Gabo miraba la plaza entera. Curioseamos las habitaciones de planta alta, las camas, los crucifijos, los objetos cotidianos. Un escenario que con los años se volvería literatura.

Since, territorio familiar de Leo Espinosa

Galeras

Del Sincé literario saltamos a Galeras, donde Domingo Ramos nos espera con sombrero vueltiao y la mesa puesta. La puerta se abre y adentro aparece un cuadro viviente, alusivo a un desayuno campesino, una forma de expresión nacida en tiempos del conflicto armado que hoy tiene festival propio y al que en 2024 la UNESCO reconoció como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Cada enero, en ese festival (de la algarroba), los competidores miden paciencia en el arte de quedarse inmóviles y mudos durante horas.

Desayuno campesino en Galeras. El arte de quedarse quieto.

Sobre la mesa, gallina en suero con ajo, cebolla y pepino, cordero guisado, arroz de palito, mote de queso con chicharrón, ñame y yuca, queso costeño, berenjenas en ensalada, pato ahumado con jugo de coco, chicharrones y más yuca al vapor. En cuenquitos de totumo, Mingo nos sirve ñeque, un trago nada inofensivo, nos quemamos por adentro.

Navegar es preciso

En el puerto de Magangué se mece una chalupa vieja que subirá por el Magdalena hasta Sucre-Sucre y nos llevará al pueblo que Gabo describió sin tren ni olor a banano, pero con río y al que se llega solo por lancha. Algunos dicen que el nombre –igual al del departamento al que pertenece– viene del Mariscal Sucre, héroe de la Independencia; otros lo asocian al çucré francés, o al sucre catalán, azúcar. Lo que nadie discute es que inspiró al escritor que llegó en 1936, con doce años, de la mano de su madre Luisa. En ese lugar donde su padre –Gabriel Eligio– cumpliría el sueño de abrir una farmacia, vivió amores y escuchó relatos que más tarde se volverían novelas. Y allí vamos nosotros, en el barquito que avanza mientras el agua se encoge, se espejea o se traga las orillas en las que un puñado de casas pelea contra la arremetida del río, la furia inocente de la inundación.

Sucre-Sucre

Camisola blanca y sombrero, desde lejos nos saluda el profesor Isidro Álvarez Jaraba*, filósofo, historiador, impulsor de la Ruta Mágica Gabriel García Márquez, cofundador de la Fundación Pata de Agua y de la agencia de turismo Garza Morena y defensor incansable de este sitio sin autos ni semáforos, la otra orilla de Macondo, donde los bancos de la iglesia flotan cuando el agua lo decide y, como me diría la gestora cultural Maira Sierra más tarde, los peces nadan en la calle.

En el “país encantado de las aguas” y sus dos barrios, Zulia y Congoveo, el autor de Cien años de soledad, se enamoró de Mercedes Barcha, la mujer a la que le pidió casarse cuando tenía 13 años, la que llegó a empeñar sus objetos de valor para ayudar a Gabo en su carrera de periodista y escritor en Cartagena. Fue en esta tierra donde el premio Nobel dio vida a varias de sus obras, comenta el profesor. Aquí también germinó el realismo mágico, el problema, –acota Maira– es que se investiga hasta donde llega el asfalto. Siempre se habla de Aracataca, su tierra natal. Y Sucre queda más allá.

Vamos rumbo al hotel, ya no hay luz, salvo la de la luna, y a pesar de la oscuridad, podemos ver en algunas fachadas de las casas pintadas de rojo, azul, ocre, placas con fragmentos de las obras de Gabo y nombres que tuvieron otro nombre en la ficción: Pilar Ternera era Orfelina Gutiérrez, la Espelúa, primera prostituta del pueblo que inició sexualmente a Gabo. Santiago Nasar era Cayetano Gentile y los hermanos Chica Sala, Vicario en la obra, los matarifes que lo asesinaron. Al día siguiente, en el callejón que se descubre en diagonal a la iglesia donde le dieron 17 puñaladas con sus cuchillos recién afilados, recordaremos el motivo del crimen: los carniceros habían querido “salvar” el honor de su hermana Margarita, que había perdido la virginidad con Gentile. El asesinato de su amigo y vecino fue un tajo para Gabo.

Cerca de su casa, en la que el joven malherido hubiera podido refugiarse si aquella vez la puerta no hubiera estado trágicamente cerrada, veremos a otro carnicero afilando cuchillos en la vereda y a la pescadera descamando pescado, igual que en aquel pasaje de Crónica de una muerte anunciada. Lo literal literario.

Cuenta el profesor Álvarez que hace casi una década entrevistó a Miguel Reyes, San Román en la ficción. El hombre ya tenía 94 años, pero todavía conservaba su porte y le dijo que lamentaba aquella noche de bodas, cuando devolvió a la mujer recién casada, después de violarla. No imaginé que ese arrebato terminaría con la vida de Gentile, se confesó Reyes arrepentido, aunque caminando erguido, con la frente alta, junto a una novia treintañera.

La ciénaga

Amanece y nos montamos en una mototaxi rumbo a la ciénaga Güira, escoltados por una sucesión de gallinas, perros flacos, mujeres barriendo los porches, calor que madruga antes que nosotros: aunque son las siete de la mañana, parece mediodía.

Las canoas nos esperan. Las aguas y los relatos también. Somos contadores de historias, dice el profesor en la ciénaga brillante como un cristal, justo cuando una bandada de pájaros cruza el cielo, el carrao canta un canto triste y todo parece envuelto en un clima de irrealidad. De esas apacibles aguas emergen leyendas: la del dios Mohan, dueño y señor de las fuerzas incontenibles de las olas, remolinos y chorros exorbitantes; o la de la Marquesita, bella mujer con poderes sobrenaturales que dio origen a la ciénaga de la Sierpe, uno de los tantos mares interiores de agua dulce de la Mojana.

La canoa se detiene y un fragmento de La Mala Hora nos llega en la voz del profesor: La tarde se moría en nubes de un rosado intenso y en el alboroto de los toros y los micos de la ribera opuesta, y mientras lee nos gana un estado de ensoñación de la que despertamos con las contundencias del desayuno mojanero: bollo de arroz con queso y de maduro; cafongo, ensalada de habichuelas, arepas de arroz y de lentejas, queso sancochado y chocolate criollo.

A la noche, en el pueblo y su aire de pequeña Venecia, cenaremos a orillas del río, acechados por mosquitos impiadosos, bajo las estrellas trémulas y la omnipresencia del agua.

La llegada a Sucre Sucre.

La ruta mágica

Donde hoy funciona el Banco Agrario, vivió María Camelia Sampayo de Álvarez, la célebre “Mamá Grande”, viuda de Manuel Álvarez Mangones, el hombre más poderoso de la Mojana. Su funeral congregó gente de toda la región en una despedida que desbordó lo imaginable. Esas imágenes, esas voces, llegaron después a la pluma de García Márquez: Bajo los almendros polvorientos donde la primera semana del siglo acamparon las legiones del coronel Aureliano Buendía, se ponían ventas de masato, bollos, morcillas, chicharroners, empanadas, butifarras, caribañolas, pandeyuca, almojábanas, buñuelos, arepuelas, hojaldres, longanizas, mondongos, cocadas, guarapo, entre otras menudencias, chucherías, baratijas y cacharros, y peleas de gallos y juegos de lotería. En medio de la confusión de la muchedumbre alborotada, se vendían estampas y escapularios con la imagen de la Mamá Grande.

Damos una vuelta a la plaza y el trayecto puede leerse como una historia. O como muchas. En este pueblo no hay ladrones nació del billar que aún funciona cerca de la plaza. Un letrero lo señala como parte de la ruta macondiana. Algo más apartado está El Castillo, la primera casa que los García Márquez construyeron en el Caribe, luego de residir en tres viviendas alquiladas en Sucre. Seis habitaciones, consultorio, sala-comedor y un patio de mangos donde Gabo revisó por segunda vez La hojarasca, mientras escuchaba el run run de los árboles y los relatos de su abuela Tranquilina. Ella, ya senil, contaba relatos de La Guajira y la Mojana; era la Úrsula Iguarán de Cien años de Soledad.

Sucre Sucre, donde el realismo mágico se advierte en cada casa.

Hubo un tiempo en que Sucre,Sucre fue muy próspero gracias a la industria del azúcar que se había desarrollado en la zona. Acá vinieron sirio-libaneses, franceses, italianos en busca de la tierra prometida y con el empuje económico, en 1945 se abrieron salas de cine, esta es una de ellas, dice el profesor y se detiene frente a la construcción art decó que frecuentaba Gabo. Los cines funcionaron hasta que las inundaciones malograron la cosecha de caña y hubo que reemplazar cañaverales por arroceras, además, la aparición de los televisores también conspiró para que entraran en declive, hasta que en los años 80 cerraron sus puertas.

Dejamos atrás otras paradas claves: la iglesia, donde el cura daba las campanadas y permitía o prohibía ver cada película que llegaba al cine del pueblo, el burdel La Hora al que un día el padre mandó a Gabito a cobrar una deuda de la farmacia. En su autobiografía Vivir para contarlo lo describe: Me asomé por la puerta entreabierta de un cuarto que daba a la calle y vi a una de las mujeres de la casa durmiendo la siesta en una cama de viento, descalza y con una combinación que alcanzaba a taparle los muslos. Antes de que hablara se sentó en la cama, me miró adormilada y me preguntó qué quería.

Le dije que llevaba un recado de mi padre para don Emilio Molina, el propietario, pero en vez de orientarme me ordenó que entrara y pusiera la tranca en la puerta, y me hizo con el índice una señal que me lo dijo todo: Ven acá.

Finalmente llegamos al cementerio. En este paisaje quieto, el profesor va señalando, una a una, las tumbas: la de Cayetano Gentile, la de la Mamá grande, la de Joaquín Vega, el Pastor flautista, y la de Orfelina Segunda Gutiérrez Castro. Su sepulcro resalta en azul chillón, un color que desentona entre la orquesta de mármoles blanquecinos, grises o corroídos por las inundaciones, como si esa estridencia marcara un destino de deshonra. Su historia recuerda a la de la joven de La triste historia de la Cándida Eréndira y su abuela desalmada. Entre las lápidas no se respira la paz que se atribuye a los cementerios. Acá y en la ficción los muertos siguen hablando. •

Hoy, la Gobernación de Sucre impulsa el proyecto Complejo Cultural Mojana* para proteger ese legado. Incluye la compra y restauración de la casa de los García Márquez (para convertirla en museo); la compra y restauración de la casa de los Gentile (también museo); la adquisición de la arrocera contigua a la casa de los García Márquez (como complejo cultural); la donación, por parte de la alcaldía, del lote conocido como “el matadero” (para el mismo fin) y la construcción ya concluida del Parque Lineal del Río.

*Isidro Álvarez es autor de El país de las Aguas, Revelaciones y voces de la Mojana en la vida y obra de Gabriel García Márquez.

Agradecimientos

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